Ya no estoy aquí, ni allá, ni en ningún lugar

Hace unos días, en Netflix, se estrenó Ya No Estoy Aquí de Fernando Frías de la Parra y el éxito fue inmediato. Las críticas especializadas la catalogan entre lo mejor del año en el cine nacional y las reproducciones en la plataforma de streaming no han dejado de acumularse. Esto, por donde sea vea, es algo sano para la industria cinematográfica de nuestro país.


Es importante que una película de manufactura independiente y con un tema alejado de las comedias románticas que inundan las carteleras, se erija como una de las más consumidas porque muestra la realidad cruda que viven miles de jóvenes que se encuentran a la deriva, sin seguridad económica, social, familiar o de educación.


Ya No Estoy Aquí retrata la vida de Ulises, un chico de 17 años que encuentra en las Kolombias -cumbia y vallenato colombiano- una forma de escape y al mismo tiempo para existir. A través de las Kolombias encuentra identidad y un grupo de pertenencia, Los Terkos, donde, más que el líder, es una suerte de hermano mayor que lleva a los nuevos por el mejor camino posible, de manera figurada y literal, que los cuida y les enseña de la cultura Cholombiana. Su vida transcurre entre las calles, las Kolombias y el baile con los Terkos, así, en un Monterrey caluroso de días largos y noches llenas de música.



Ni de aquí, ni de allá, sólo en recuerdos


La vida de Ulises da un vuelco cuando, por una justa entre pandillas y el narcotráfico, tiene que huir de su barrio. Se traslada a Nueva York y el título de la película cobra sentido. Ulises se enfrenta a la discriminación de sus propios ‘paisanos’ por su apariencia y gustos musicales, se enfrenta a las barreras culturales y de idioma y al abandono de su familia. Ulises tienen que arreglárselas para sobrevivir en una ciudad en la que si no avanzas, te devora.


Solo y sin un peso, Ulises refleja la situación que viven miles de jóvenes de todas las latitudes de nuestro país, que no encuentran un lugar al cual pertenecer y vagan en las calles de la soledad y la incertidumbre, que encuentran identidad y pertenencia en una cultura juvenil que, en muchas ocasiones, más que salvarles la vida, les da un motivo para vivir, aunque ésta los lleve a situaciones de riesgo.


Ulises ya no está en su barrio ni en Nueva York, su cuerpo se materializa en el presente, pero su mente existe en sus recuerdos, en los vídeos donde bailaba con el Jeremy, el Pekesillo o la Chaparra, su mente vive en las tardes donde, a lado de los Terkos, le ponían ritmo al canto de el Sudadera, y sonaba fuerte y claro Lejanía de Lizandro Meza, como una premonición de lo que iba a venir.


Ulises ya no está aquí, ni allá, ni en ningún lugar, como miles de jóvenes que no tienen una opción para sobresalir en una sociedad que los discrimina, los rechaza y, en el mejor de los casos, los ignora.


Sentimientos Rebajados


En los últimos años la cumbia ha adquirido un lugar en la idiosincrasia mexicana. Mucho de esto se lo debemos a Antonio Hernández, aka Toy Selectah, productor, DJ y miembro fundador de Control Machete, quien ha dedicado gran parte de su vida a darle el lugar que se merece a la cumbia, en específico a la cumbia colombiana.


En Monterrey se construyó una Colombia Chiquita en los barrios bajos, de obreros y campesinos. Uno de ellos es la Colonia Independencia, cuna de músicos y sonidos que se apropiaron de la cumbia y el vallenato para llevarlos al lugar en el que están ahora. En esta colonia, a través del Sonido Dueñez Hermanos, nació la cumbia rebajada, ese estilo musical que da personalidad a los cholombianos y los hace bailar cerquita del suelo, con cadencia hipnótica y mostrando con orgullo la pandilla a la que pertenecen.


La leyenda dice que Gabriel Dueñez se encontraba tocando en una fiesta familiar cuando el motor de su tocadiscos Radson se calentó e hizo que la música fuera más lenta. Las cumbias y los vallenatos, entonces, adquirieron una nueva esencia, un nuevo color, en sus melodías lentas estaba naciendo un nuevo sentimiento. A esto, más tarde, el mismo Gabriel Dueñez lo nombró el estilo rebajado.


El estilo rebajado más las letras hacen de las Kolombias un género nostálgico, que te recuerda los tiempos mejores, esos días donde la vida se solucionaba con un poco de música y risas entre tus amigos. Parece que el ritmo se congela para que el tiempo nunca más tenga que avanzar, parece que las cumbias rebajadas se niegan a morir y por eso se alentan, para que la mente y el cuerpo recuerden sabroso lo que fue y tal vez no volverá a ser.


Nomás bailando


Kiko Amat, en su novela Rompepistas, dice que: “Bailar es lo que se hace cuando no te has enterado de lo mal que están las cosas. O cuando ya te has enterado, pero quieres olvidarlo a toda costa. Bailar para no llorar. Bailar para mantener alejada la marea de la tristeza”. Y parece que en los Cholombianos esta es una máxima inquebrantable. ¿Qué más puedes hacer cuando todo está en tu contra? ¿Qué puedes hacer cuando las condiciones sociales de tu país te han abandonado? ¿Qué puedes hacer cuando te alejan de tus amigos, de eso que te permitía existir, ser algo en este mundo? Puede ser que los alcances del bailes son limitados, pero, ante esta situación, bailar es lo único que te puede salvar


Ya No Estoy Aquí es altamente recomendable por todo lo que se ve en pantalla, pero más por todo lo que no se ve, por la reflexión a la que nos invita, para hacernos conscientes que en la cumbia rebajada y en los colores que visten a los cholombianos, existe dolor y desigualdad. Ojalá la cumbia rebajada nunca pare y que su sonido lento, más que llevarnos a un pasado mejor, nos dé el tiempo de imaginar un futuro mejor.




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