Rompiendo el género

La primera vez que escuché de Lukas Avendaño fue en un seminario sobre desaparición forzada, en el que participó. Cuando lo conocí supe que representa a las vidas que valen la pena ser vividas. En aquel instante dijo algo que se me quedó grabado: “Me preguntaron, me pareces conocido, no sé dónde te he visto y yo sólo respondí: es que estoy en el albañil, en el campesino, en lo común”. Lo anterior me mostró que la diversidad se gesta en la comunidad y que, en un país, como el nuestro donde no todo es bello porque cada día se incrementa la cifra de desaparecidos, es la diferencia donde puedo desarrollarme como un proyecto.


Lukas es un personaje que no tiene miedo de romper los esquemas culturales a través de sus performances. Lo hace primero desde el entramado cultural de la muxeidad, cuando dice que: “Lo masculino es una serie de entrecruzamientos y que no es como un maíz que lo puedes sacar de los demás maíces y llevártelo a otro lado, plantarlo y va a germinar. No. Aquí en la muxeidad, sólo tiene sentido y significación en la medida en que se está entre los demás maíces”, porque se es soledad.


La construcción cultural y social del varón le parece tan aburrida desde niño como el hecho de tener los mismos zapatos todo el tiempo, por lo que, incluso andar descalzo es otra forma de habitar también la realidad. Desde siempre, Avendaño, ha jugado con la construcción de género; cuando iba a la secundaria se ponía plumas en el cabello y sus compañeros se burlaban de él; actualmente usa las hermosas faldas del Istmo de Tehuantepec para mostrar lo reducido que es el concepto de género. Ese permiso que se otorga para que culturalmente pueda ponerse la ropa que desea.


Siempre ha sido objeto de miradas, críticas y admiración hacia su inconformidad por no ceñirse a las categorizaciones de género binarias establecidas. De esta manera, la heteroflexibilidad y la poliformidad que propone representan otra forma de ser en la vida, por lo que no nacemos, sino que nos hacemos con la sociedad.


Todas las vidas valen la pena ser lloradas porque merecen ser vividas; eso es lo que representa Lukas, la visibilización de los rechazados. Su cuerpo cobra fuerza en el performance porque muestra el daño moral que ocasiona la estructuración social cuando habla de género. Asimismo, visibiliza la negación del valor del ser humano por parte del sistema capitalista, cuando éste último afirma que ninguna vida es indispensable, y donde la comunidad LGBT vale menos aún.


En este mes de junio celebramos a aquellos que performativamente se aceptan como diferentes, que, como agentes sociales reconocen que no son meros objetos por lo que rompen con el modelo sustancial de identidad. En este sentido, saben que el género no es un hecho natural, sino una situación histórica que se está entretejiendo en movimiento porque el ser humano es un conjunto de posibilidades realizables. Por este motivo, la corporeidad es un elemento constante de identidad de la comunidad.


El performance juega, entonces, aquí un papel fundamental en medida en que rompe con las construcciones sociales y culturales del género binario. La experiencia compartida representa “una acción colectiva” porque fragmenta las prescripciones sociales y culturales del género al reconocerlo como un ensayo, donde los roles y los estereotipos de hombre y mujer terminan definiendo al ser humano. Por lo tanto, se valen del “yo” corporeizado que preexiste a las convenciones culturales que esencializan significativamente a los cuerpos.


De manera que, Lukas representa a todo aquel que hemos dejado de mirar porque nos resulta incómodo y desconocido; su cuerpo es el canal de aquellos que gritan por ser alguien. Ese dolor de las voces y vidas silenciadas por su falta de valor es una exigencia de justicia que busca no ser desaparecida. Abrazar la diferencia del otro para trabajarla desde la igualdad, es la premisa sobre la que trabaja Avendaño, porque muestra que todo ser humano tiene la necesidad de que su especificidad sea considerada.


Por Anayely Santiago García

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