Romantización de la explotación laboral

La emergencia sanitaria que permea ahora la vida cotidiana, más allá de ser un fenómeno difícil de entender, resulta también punta de lanza que hace sobresaltar las condiciones tan desiguales en las que los trabajadores en su totalidad desempeñan sus labores. Tales actividades tienen como finalidad, dicho coloquialmente, llevar un plato de comida a su mesa.


A partir de este punto, pueden abordarnos gran cantidad de cuestionamientos que valen la pena reflexionar; uno de ellos, no más importante que otros, pero que se asoma a primer vistazo es, la dificultad, que en incontables casos se presenta ante el trabajador para poder subsistir durante el confinamiento debido a las normas que se imponen para la contención del COVID-19, que llevan consigo una modificación en los medios y da paso a nuevas normas que subyacen y que castigan a muchos sectores de la esfera laboral formal e informal.


Uno de los temas más abordados y controversiales desde el comienzo de la cuarentena, es sin duda, la percepción salarial del trabajador promedio en distintos sectores , entre ellos, los que prestan algún tipo de servicio que operan bajo el canon de la oferta y la demanda de forma directa o inmediata. Un claro ejemplo de este sector es el restaurantero o gastronómico.


Si bien, la alimentación es necesidad prima y básica, de la cual millones de personas están privadas, es interesante observar que después de implementadas las medidas preventivas, como fue el cierre total o parcial de todo comercio a menos que fuera de índole primordial, la industria restaurantera pasó a ser parte de dicha clasificación en un país dónde el sistema de salud es ineficiente y por ahora colapsado, donde la pobreza es una constante en aumento y dónde alimentarse de manera austera cada día es más difícil, y ni que decir de darse el lujo de acudir a un establecimiento de este tipo.


La mediatización de la situación alimentaria ha desviado la mirada de la posición en la que se encuentra el trabajador de dicho sector y el trabajador común. Se ha hablado de fondeos, ayudas, estímulos, programas oficiales destinados para respaldar esta industria que en realidad no tienen cobertura, o en dado caso son ignorados por los propios dueños de los centros de trabajo.


No es un secreto que no existen organizaciones que brinden apoyo y protección a los trabajadores de sector gastronómico, siendo éste uno de los más castigados sea por oficio o a nivel profesional. Han sido ciertos gremios los que, desde la inversión privada, han puesto en marcha iniciativas insipientes que no abrigan más que a pequeñas células y que por supuesto respaldan ventajosamente a las directrices de dichos planes.


Se habla de la industria alimentaria, pero para ser claros, solo son restaurantes o establecimientos que están dentro de la norma los que llenan columnas y son objeto de preocupación, como si tuvieran un lugar privilegiado; aunque de alguna manera parece tener sentido, pues un país dónde se invisibiliza todo lo que no esté dentro de la forma oficial y que tiende a minimizar la pobreza cada que se tiene oportunidad es claro que la preocupación primera sea lo que “correctamente” ha sido establecido. No hay que perder de vista los demás componentes que son talante para que dichos establecimientos marchen de forma adecuada y quedan sesgados pero que son piedra angular.


No debemos dejar de lado a los pequeños y medianos productores, que venden y compran a pequeña escala, al comercio local. Aquí cabe señalar que dentro de esa esfera coexiste el comercio formal e informal, supermercados, mercados establecidos y puestos ambulantes. Podemos hablar de las grandes cadenas pero poca atención se presta al comercio informal, que si bien es abarcado dentro del sistema económico por los dividendos que representa, también resulta uno de los más violentados. 


Las medidas aplicadas y lanzadas hacía este núcleo, un tanto obligatorias, empero, resultan incompatibles dada su naturaleza del tipo de comercio, terminan por ser flexibilizadas. La magnitud de impacto resultará nítida si se compara a una gran empresa a un puesto callejero. Entonces, las actividades y sus consecuencias son separadas por una diferencia claramente marcada debido a que en el mayor número de casos, el comercio informal y sus percepciones en líquido llegan de forma directa aunque está dependa de otros tantos factores, y en el caso de los grandes monstruos mercantiles, siguen con sus actividades y labores de manera seminormal, sin un ataque o decaimiento significante de sus dividendos.


Lo importante es observar que en medio de esta emergencia sanitaria, el riesgo lo corre tanto el trabajador formal como el trabajador informal, pero que ambos llevan un objetivo en común, llevar comida a su casa entre otras necesidades básicas. Se habla de la industria alimentaria y de las grandes empresas que ofrecen servicios similares y  que complementan dicho sector pero poco se habla de la comida que falta y de los que no la han tenido. Una situación cruda y violenta que parece empeorar.


Las bases del actual sistema económico, o por bien decirse, la mano de obra, que podemos traducir como uno de los sectores más desprotegidos, encadenados y condenados a sobrevivir bajo la ley del “día a día”, difícilmente podrán tener acceso a la ya muy lejana canasta básica. Tal fenómeno parece indicarnos a nivel sociedad/estado, que se deberían poner sobre la mesa de discusión, reflexión y praxis, la solución dentro de las posibilidades, de otras tantas disyuntivas que van de la mano con la alimentación:


¿Qué tiene que suceder para que pueda consumir lo básico?

¿Quién o quienes están involucrados?

¿Qué está sucediendo para que millones de personas estén privados de algo tan primordial como la alimentación? 


La pandemia ha resaltado de manera violenta lo viciada que está nuestra sociedad y el sistema que la rige, aquí apremia la reflexión general partiendo desde nuestro hogar. Se ha hecho alarde de empatía y solidaridad en tiempos difíciles, pero es importante caer en cuenta hasta donde llegan tales gestos. Existe una dependencia intercalada de venta y consumo, eso es cierto, pero existe también la exclusión y la imposibilidad de pertenecer a los estratos protagonistas de este entramado.


La romantización de la precariedad o austeridad se nos presenta casi como el ideal obligado por adoptar y como adorno a tal idealización se le agrega el término “solidaridad”.


La realidad es otra.


Las iniciativas que se han implementado y que se difunden desde el sector privado y su séquito, unas más creíbles que otras, influye desde que ángulo se miren y de que lado nos toca jugar. Ciertos sectores, en su mayoría los mejor posicionados o con cierto grado de privilegio las aplauden, sin análisis y sin empatía “verdadera”, puesto que más allá del marketing implícito con el que son difundidas y dónde llevan la promoción personal, tienden a confundirnos entre comercio y ayuda humanitaria, eclipsando a las víctimas no mortales de la pandemia, o sea, a los trabajadores. Vender y entregar comida no había sido una acción tan efectiva de promoción a largo plazo como lo está siendo ahora en medio de una emergencia.


Se podría pensar que dicha vía se da como consecuencia natural dentro del desarrollo de la pandemia y más especifico, bajo las normas de la cuarentena. En caso que sea la naturalidad de dicha consecuencia, tendríamos que ser más lúcidos al hacer un inventarios de víctimas.


Los actores encargados de tales muestras de “humanidad”, siguen percibiendo dividendos para sobrellevar la crisis pero no se ven reflejados en el bolsillo del empleado, que es castigado, sea ya por la mísera retribución de sus acortadas jornadas, ya de por sí miserablemente pagadas, hasta los ajustes de personal (despidos). La mediana empresa vela por su subsistencia e interés, pero no cuenta con los números suficientes para mantener a salvo a sus empleados, en casa y percibiendo su salario como tanto se han cansado de decir que deberían de ser las cosas, sin embargo, parece ser que sí tienen la autoridad moral para inculcar un sentimiento de pertenencia con la empresa y de aceptación incondicional ante la explotación, endureciendo medidas sobre “compromiso” del trabajador para/con el patrón.


Hablar de comida en medio de la pandemia, requiere no solamente pensar en lo primero que se nos presenta como victima(s) inmediata(s) o primeras en está emergencia sanitaria. Vivimos una fuerte sacudida en muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana; la forma de relacionarnos hasta la forma de obtener acceso a una alimentación básica.


La pandemia y la cuarentena a causa del COVID-19 es una emergencia sanitaria transitoria, la hambruna y la pobreza son emergencias humanitarias que siempre han aquejado a la humanidad, habrá que preguntarse, ¿Qué virus habrá que eliminar primero?


Giovanni Ocaña

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