¿Por qué le tememos al conocimiento?


Es bien sabido que, durante el periodo del oscurantismo, en la Edad Media, cualquier idea que estuviese en contra de lo regido por la iglesia y lo citado por la Biblia, era suprimida y la persona que difundiese estas ideas sería castigada por medio de la santa inquisición, movimiento que se encargó de acallar todo aquello que fuera concebido como herejía.

No había cabida para el conocimiento y la evolución de las ciencias. Todo arte estaba sometido a la temática religiosa y todo escrito, fuese de ciencias exactas o filosofía, debía regirse bajo el nombre de Dios. Esto les funcionó a tal grado, que varios intelectuales de la época desistieron de publicar varios de sus tratados, un ejemplo de esto fue Descartes, quien temeroso de un conflicto con la Iglesia, después de que el Santo Oficio, bajo órdenes de esta, sentenciara a Galileo por haber sostenido el movimiento de la tierra, optó por no publicar su trabajo intitulado “El mundo, o Tratado sobre la luz” (“Le Monde, ou Traité de la lumière”).


Es comprensible esta posición adoptada por la iglesia, ya que era la institución que regía a las masas, cosa inconcebible si todos tuvieran acceso al conocimiento y, sobre todo al progreso. Fue hasta el renacimiento que las artes, las ideas filosóficas y las ciencias exactas volvieron a un ambiente de libertad.


Abriendo, de esta manera, paso a los avances que habían quedado cortos por la necesidad de una autoridad para someter a los pueblos y grandes ciudades por medio del terror. Sin embargo, incluso con esta liberación, la educación no estuvo al alcance de todos, siendo concebida más que una necesidad, un privilegio.


En nuestros tiempos, aunque no son tan fatales como lo fueron en la Edad Media, el conocimiento ha sido cosa que se le ha negado a varios o brindado de manera rígida. Recordemos que las mujeres no podían acceder a esta, más que por una regla general (pues existían conventos y escuelas dirigidas exclusivamente a las mujeres) por una idea colectiva en la que, era el hombre quien debía educarse en cuanto al conocimiento institucional y la mujer al cuidado del hogar y la familia.


Esto, porque en el machismo, la masculinidad frágil, no podía concebir que las mujeres supieran más o de igual manera que el hombre, siendo una postura ridícula que, hasta el día de hoy (tristemente) sigue existiendo. Pero ¿por qué? ¿Por qué el conocimiento sigue sometido a una reprimenda o siendo algo regido por instituciones que parecen no haber aprendido más que la interminable repetición de lo dicho anteriormente?


Varias respuestas podrían responder a esta incógnita, sin embargo, por motivos de extensión y la introspección como camino que busca recorrer este artículo, tomaremos como referencia a las que al temor se atienen. ¿Qué habría de temer en cuanto al conocimiento?


Hemos visto ya en los párrafos anteriores, que para los que buscan tener un control social, mentes enriquecidas no harían más que impedir ser sometidas, así como las ideas socioculturales que, en pro de una idea machista, temen verse afectadas en cuanto a sus ideas de masculinidad arraigadas por el patriarcado. Pero, ateniendo un poco más a la mente de los individuos, lo que podemos observar, es que el conocimiento puede verse como una falta de respeto o una apertura ante la insatisfacción de la vida y lo que las constantes dudas que hay sobre ella nos traen.


Tomemos como ejemplo el primer punto, ¿cuántas veces una pregunta no ha tenido como respuesta “porque yo lo digo”? Esto ha salido de boca de padres y maestros que someten sus conocimientos a su autoridad, viéndose incapaces de responder de una manera más acertada ante incógnitas que son normales en todos los seres humanos, ya sea para terminar una discusión o para no verse menospreciados frente a un salón de clases en donde, cuestionar los métodos enseñados, es visto como una falta de respeto y no como una partida al diálogo.


La enseñanza que rige a nuestro país, es aquella en la que calificamos como sobresaliente al que sigue las notas paso a paso y como negligente, a aquel que se ve en contra de estas o busca una alternativa de las mismas.


En clases de matemáticas, química, física y sus derivados, nos hemos topado como estudiantes con un tache en nuestras respuestas, así como notas que desprestigian la respuesta (incluso si esta es correcta) porque no se ha utilizado el método enseñado por la maestra o maestro.


Varias veces hemos sido objeto de burla al preguntar en voz alta una duda que no nos deja en paz, burla que nace del maestro y sigue en coro por los compañeros de clase, incrustando poco a poco una inseguridad en nosotros mismos, inseguridad que aleja la duda y la necesidad de tenerla para desarrollarnos como personas.


Pero el conocimiento, no solamente se encuentra en las aulas, siendo la vida, sus experiencias y su observación parte esencial de este. El crecimiento y las circunstancias en las que nos encontramos durante nuestro desarrollo, son los pilares de aquello a lo que nuestras dudas apuntarán, nos revelarán cuáles son los caminos que saciarán a estas y otras cuestiones que nos llevarán a desarrollar nuestro potencial intelectual.


En este crecimiento como personas e individuos, nos encontramos expuestos ante momentos decisivos de, lo que seremos y lo que de nuestra percepción de la existencia será. Momentos que no siempre serán placenteros, muy por el contrario, varias de las cuestiones que nos planteamos nos traen ansiedad, miedo y alienación ante aquello que encontrábamos como nuestra realidad.


Ante estas cuestiones, un sentimiento nos viene a la cabeza, un sentimiento que se nos ha enseñado debe regir nuestra existencia, la felicidad. ¿No es infeliz aquel que se desprende de una religión y la concepción de que nuestro existir carece de importancia y lo prometido como paraíso no es más que una invención? ¿No causa angustia el pensar que nuestro existir se encuentra sometido a un destino del que no podemos escapar, negándonos la libertad?


La felicidad se ve comprometida ante estas cuestiones y es esta la razón por la que muchas personas no buscan indagar más en ellas, personas a las que varios filósofos e intelectuales han llamado “vulgo”, ya que algunos desean más allá que lo superficial; podemos utilizar de ejemplo el matrimonio de la novela “Madame Bovary” para mostrar estos polos. Emma le tiene un odio a Charles, su esposo, por carecer de pasiones, mientras que él no encuentra los motivos de la conducta que su esposa adquiere, pues para él, todo está perfecto.


Pero la existencia, no es solamente felicidad, recordemos las palabras de Ludwig Wittgenstein “No tengo idea del porqué estamos aquí, pero estoy seguro de que no es para divertirnos”. Porque el humano no es capaz de permanecer en un solo estado de ánimo, no somos programados para solamente ser y sentir una cosa, este pensamiento de la existencia, por más turbio que nos pueda parecer, nos da a conocer lo más importante en orden de poder plasmar nuestro cuestionamiento ante las dudas del universo y sus caminos.


Nos revela lo que percibimos como nosotros mismos, citando a Schopenhauer “De ahí que esté claro cuán dependiente es nuestra felicidad de aquello que somos, de nuestra individualidad […] Lo más esencial para la felicidad de la vida, es lo que uno mismo tiene en sí mismo” o “Lo que uno en sí mismo posee, en resumidas cuentas, la personalidad y su valor, es lo único que contribuye directamente a su felicidad y bienestar”.


Siendo este el caso, en que la existencia no es un goce que nos dure hasta la muerte y que la felicidad se encuentra en nosotros mismos ¿por qué las personas se siguen rehusando a cuestionarse más allá de lo mundano?


Tal vez resignarse ha sido algo que varios han imitado de sus antepasados, de sus contemporáneos o simplemente, existe una falta de necesidad o apetito ante la verdad ¿no es preferible tener un empleo seguro, con una ganancia y un horario fijo con fines de semana libres, antes de quedar en medio de un limbo donde no se sabe si será el éxito o el fracaso lo que nuestra ambición nos depare?

Pero, ¿es posible sobresalir en un mundo donde cada vez la sobrepoblación se supera a sí misma? ¿No es preferible el halago de los familiares y allegados por la posición a la que fuiste predestinado desde que tus padres, al concebirte, planeaba una vida en la que estuvieras acomodado antes de ser tachado de rebelde o insensato?


El temor al conocimiento puede venir desde los lugares menos creíbles, desde la búsqueda de calmar una ansiedad sometiéndose al conocimiento superfluo hasta la necesidad de complacer a los demás.


Del otro lado están quienes no carecen de este temor, pero poseen la valentía de las grandes mentes, insatisfechas por lo banal, aburridas por lo banal. Científicos, artistas, filósofos, artistas que se entregan ante la necesidad de enfrentar este miedo, de ser devorados por este temor para así, desde sus entrañas emerger bañados en esa sangre cálida del cuestionamiento, con un órgano aún palpitante que servirá, sino de inspiración, de guía ante la búsqueda de una respuesta.


Las noches de desvelo, en medio del frío y la soledad, observando a las estrellas y los cosmos, sabiéndonos finitos, plasmados en el finito para poder así, correr a nuestros estudios, nuestras libretas y escenarios, con esa cálida estrella que aún en sus gases cósmicos, se consumen en pro de nuestra trascendencia, de nuestra alma que la ha invocado, no para saciar un miedo, dejado atrás cuando nos decidimos a elevarnos de nuestra butaca como espectador y empezamos a dibujar lo que la historia podría ser si solo, tal vez, se dejara el temor al conocimiento detrás.


Por Nicolas Cristobal

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