Perspectivas

Las ocupaciones diarias han hecho que todos ignoremos las cosas más básicas e importantes de la vida, pues la inmediatez de la necesidad para conseguir el sustento de cada día se ha convertido en una inercia tan sutil, que es casi imposible escapar de ella sin ayuda.


Todos los días es levantarse con prisa, arreglarse, salir para lidiar con el tráfico y el cúmulo de gente en los transportes. Llegar a la oficina para trabajar arduamente hasta pasada la tarde. Regresar con la presión de no llegar tan noche a casa; arreglar lo que haya que levantar o limpiar para que el hogar sea acogedor, preparar las cosas para el siguiente día y, si fue un día excepcionalmente bueno, tal vez tener una hora para disfrutar antes de ir a dormir y empezar de nuevo al día siguiente.

Y el pretexto es el mismo, hay que ser exitosos en el trabajo porque ello nos da dinero, y teniendo dinero es cómo podemos solventar las cosas que nos dan diversión, como salir el fin de semana o viajar o comprar cosas. Y no hay que malinterpretar, el punto aquí no es que haya que prescindir de estas complejidades sociales en las que uno se ve inmiscuido incluso antes de poder andar, sino que hay que aprender a incluir cosas más sencillas y cotidianas a la rutina que pueden hacer que el humor cambie radicalmente, y cuando se consigan esas recompensas tan grandes, la alegría sea mil veces mayor.


Y es desde cosas tan sencillas como tomarse el café de la mañana sin prisas, a pesar de ya estar retrasado para llegar al trabajo. Si uno se tomara esa calma antes de salir de casa, el trayecto, igualmente saturado como todos los días, podría ser más tolerable. Es la misma premisa de quien quiere ahorrar dinero: en cuanto tengas algo en tu poder, lo primero que hay que hacer es apartar lo que se quiere ahorrar, uno mismo aprenderá a organizar el restante.



Lo mismo ocurre con el tiempo, yo sé que una vez saliendo de casa, no pararé hasta al menos la hora de la comida, así que el único momento en que puedo tener 10 minutos dedicados para mi es antes de salir al trabajo. Tal vez esos 10 minutos sean la diferencia entre llegar a tiempo y llegar tarde, sin embargo, hay veces en que es mejor llegar un poco tarde, pero con una actitud más optimista.


Puede ser que, gracias a ese estado mental, me dé cuenta que afuera de la entrada del metro hay un vendedor de plantas y decida comprar una para mi escritorio. Llegaré tarde pero mi escritorio ahora tiene un poco más de vida de lo que tenía ayer y eso me hará ser más productivo. Incluso, puede ser que Karla, de recursos humanos, me hable ya que ella había buscado esa clase de planta desde hace meses, y es posible que haya querido saber dónde la conseguí.



Quizá, sea esa misma Karla de quien tuve un enamoramiento en cuanto me entrevistó para trabajar en su empresa (pero por nervios nunca, antes, tuve el valor para hablarle), y esta planta sea el catalizador perfecto. Estando de buen humor, puede ser que me haya ofrecido hasta llevarla donde encontré al vendedor ambulante para intentar conseguirle una (pues ella se negó a aceptar la mía de regalo).


Curiosamente y debido a que ese día la tuve que esperar a que saliera del trabajo (pues ella sale más tarde), nos tocó viajar en el viejo tren de aquella línea que uso todos los días, y tal fue mi suerte que sufrió una avería antes de llegar. Tuvimos que pasar el rato conversando y riendo, aproximadamente una hora, en lo que resolvían el problema.



Al llegar donde el vendedor y por la hora tan tardía, no queda más que volver a quedar en vernos otro día…y así darme cuenta que, gracias a que un día decidí llegar 10 minutos tarde al trabajo y poner un lente de alegría a mi día, fue que tuve la dicha de conocer a quien eventualmente se convirtió en la madre de mis hijos.


O puede ser que la única ventaja que tengan esos 10 minutos es que no llegue de malas al trabajo. Pero creo que es un juego de azar que estoy dispuesto a intentar.

Por Eduardo Galindo



Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

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