Para mi bff


Cada que me siento triste, intentas alegrarme. Cuando me enfermo, ya sea que vienes de visita para cuidarme o al menos estás siempre pendiente de mí. Nunca has olvidado una sola fecha de cumpleaños de mi familia y sueles tener algún detalle para cada uno de ellos. Conoces a todos mis amigos y a cada uno, sin excepción, les caes de maravilla. Cuando tengo un problema, eres tú quien me escucha y da consejos, y es a ti a quien pienso antes que nadie en recurrir; y por supuesto, que cuando algo fantástico me ocurre, es a ti a quien quiero contarle.


Hemos sido amigos ya por casi una década y desde el primer instante en que empezamos a platicar, aquella vez en la que tropecé contigo y te tiré un café caliente en el pantalón, cualquiera pensaría que fuiste todo un caballero y entendiste que había sido un accidente, pero la realidad es que nunca había visto a alguien enojarse tanto tan rápido y despotricar tanta bilis. Jamás me había espantado tanto y creo que fue mi cara de pánico lo que hizo que te calmaras un poco, pero -¡desgraciado!- aún así me hiciste pagar la tintorería de todo tu traje, aunque solamente ensucié tu pantalón, sin embargo, ¿sabes? No me arrepiento de haberlo hecho porque fue ahí donde empezamos a platicar y como comenzamos a salir.


A partir de entonces fue muy complicado para ti el mantener una relación estable porque siempre, todas tus novias se ponían celosas de mí. Me cuidabas tanto que siempre pensaban que estabas enamorado de mí. Incluso llegó un punto en que yo también lo pensaba, pero jamás diste indicios de querer algo más. Creo que incluso, mientras más me acercaba yo en ese sentido, más ajeno te sentía así que tampoco me interesé en perseguir algo más que una bonita amistad. Y nos funcionaba, me contabas los pocos problemas que solías tener con tus parejas, aunque por lo regular solías dejarlas antes de que se convirtieran en problema, y yo te platicaba de todos los patanes con los salía y que finalmente me obligabas a dejar y, en aquellos momentos en que ninguno tenía pareja, nos hacíamos compañía.


Tal vez es culpa de aquella dinámica; de estar siempre a tu lado, de verte casi todos los días, de incluso haber vivido juntos una temporada, de estar siempre yendo juntos a los eventos sociales y familiares, de creer que éramos una constante el uno para el otro; por lo que no me di cuenta de cuándo realmente me enamoré de ti.


Y así suele ser la vida, solamente te das cuenta de lo mucho que tienes y lo mucho que te hace falta hasta que aquello se va. Y no me malinterpretes, estoy más que fascinada con que hayas tenido que mudarte hasta el otro lado del mundo por tu nuevo trabajo, y también me dio gusto que hayas conocido al amor de tu vida… el único problema es que no me di cuenta del momento en que tú te convertiste en el mío.


Sé que no debería estarte diciendo estas cosas, te dejé ir y has seguido tu camino y no tengo derecho a detenerte, pero quiero que sepas la verdadera razón por la cual decidí no ir a tu boda. Sé lo molesto que debes estar, por ese maldito carácter tuyo, pero espero que entiendas el dolor de la pérdida que estoy sintiendo. Y te pido perdón, por no haberme dado cuenta de ello antes. Claro que eso no garantiza que me hubieras hecho caso, pero quizá, de habértelo dicho hace tiempo podríamos haber intentado algo o al menos habría tenido tiempo para asimilar el rechazo y fortalecer el vínculo de amistad que tenemos.



Por Eduardo Galindo

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