Niños disparando armas


Estamos a punto de llegar a la mitad del año 2020, los ciudadanos del mundo están luchando una guerra contra un enemigo invisible, el COVID-19, y aunque la batalla aún va para largo, en el mundo se están librando otras guerras, por conflictos ideológicos, religiosos o territoriales, en donde cualquiera de estas guerras armadas o contra el virus, los niños son los principales afectados ante decisiones que coartan su derecho al libre albedrío.


Irak, Siria, Sudán del Sur, Somalia y Afganistán son países en constantes conflictos, por los cuales, en la última década, más de 15 millones de personas se han tenido que desplazar a otros países para resguardarse, de las cuales 54% son menores de 17 años, el equivalente a 8 millones de niños sin infancia.


Aquí, los niños ocupan lugares no sólo de victimas, dentro de todo este círculo de inestabilidad, son usados en mayor parte como combatientes, moneda de cambio, escudos humanos o explotados sexualmente.


En el documental “De padres e hijos(2019), del cineasta sirio, Taltl Derki, podemos ver la manera en que padres islamistas radicales o talibanes combatientes del conflicto sirio, inculcan en sus hijos el amor por la guerra y sobre todo el honor por el sacrificio. En este documental, los niños pueden ser parte desde pequeños del grupo combatiente, obteniendo doctrinas de guerra y sobre todo, el valor para tomar venganzas en nombre de Ala.


Por otro lado, la documentalista siria, Waad al-Kateab a través de su trabajo titulado “Para Sama” (2019), tomó la decisión de traer a la vida a su hija Sama teniendo como contexto el inicio del conflicto sirio, siendo esta periodista, una de las principales jóvenes que formó parte del derrocamiento del dictador Bashar al-Ásad. En su visión, entre bombas, hambre, sangre y pérdidas familiares, los niños sólo son espectadores de una batalla que no entienden, pero que es importante aprender de esos hechos para no cometer los mismos errores, aunque ellos están tan acostumbrados al sonido de las bombas o los disparos, como si fuera la campanita del carro de los helados.


Son niños que han perdido el derecho a la educación, a jugar, a ser felices, el vivir una vida plena con su familia, sea la religión o ideología que sea, el derecho de decidir entrar a la sociedad con alguna ideología debería ser de ellos y no violentando sus derechos.


Lamentablemente, esto, no son hechos modernos, desde el inicio de nuestros tiempos existen estos conflictos, los niños son los que más sufren, ya sea un padre en combate, ya sea ellos bajo las bombas, o siendo ellos los que disparen.


También, como lo muestra dentro de su libro Patricia Posner, “El farmacéutico de Auschwitz” (2017), Víctor Capesius era quien, dentro de los campos de concentración de Auschwitz en la Alemania Oriental, seleccionaba a las personas que bajaban de los trenes y los conducía a campos de trabajo o a una muerte segura. Muchos de ellos niños, quienes seguramente no entendían el odio que tenían los alemanes hacia los judíos, el no saber que su vida seria tan breve, colocados en cámaras de gas para morir sin justificación alguna, sólo por el deseo de un hombre de enaltecer su raza.


La mitad de la vida humana se ha desarrollado bajo estos conflictos bélicos, pero ante esta nueva guerra que estamos pasando, frente a la oportunidad de generar un mejor futuro, más consiente, sin el simple objetivo de ponderar la economía, el trabajo o el derecho a la libertad, debemos mejorar las condiciones sociales de los niños, que sean ellos verdaderamente el futuro de nuestra generación, no personas llenas de rencor desde que tienen uso de razón.


Se estima que en la última década, 1,5 millones de niños y niñas han muerto en conflictos bélicos; 5 millones se han convertido en refugiados; 12 millones más se han visto con la necesidad de salir de sus hogares. Así mismo, ellos han sufrido un deterioro de salud, nutrición y educación como impacto de la destrucción de los servicios e infraestructura.


La Convención de los Derechos del Niño, establece que ningún niño que no haya cumplido 15 años de edad, debe de participar directamente en hostilidades o ser reclutado por fuerzas armadas. Todos los niños tienen el derecho de recibir protección y cuidados especiales.


Opinión de Eduardo Reyes González

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