Multiculturalidad, un arma de dos filos.

Lo propio convertido en exótico, la estructura social donde las comunidades indígenas siempre pierden.


La multiculturalidad en México es un arma de dos filos. Los 68 pueblos que residen en el país, suponen algo que debería enaltecer el orgullo mexicano y promover el valor total del país ante los ojos del mundo, sin embargo, la gran cantidad de culturas coexistiendo, suponen una responsabilidad social con la que el estado parece batallar o simplemente dejar de lado, puesto que a mayor número de comunidades es mayor complejidad de que todas funcionen en plenitud.

Cada uno de los pueblos y comunidades indígenas están compuestas por sus propias costumbres, tradiciones, creencias, instituciones, códigos de valores y lenguas nativas, y la gran cosmovisión que tienen estos pueblos se ve enfrentada con la vida que lleva el mexicano promedio que no pertenece a ninguna comunidad en particular.


La vida de un mexicano que no pertenece ninguna comunidad, y que en su mayoría viven en zonas urbanas o en procesos de urbanización, pueden desarrollarse sin problemas lejos de estas culturas y aún más ignorando por completo que las comunidades existen y los pocos encuentros que tienen con ellas es por la ventana del turismo, donde las tradiciones y creaciones se venden como simples recuerdos de la visita a cierto sitio, arrancándole el significado de que estas culturas se mantengan y sigan evolucionando al margen de una sociedad que a veces simplemente pasa de ellas.


A pesar de que en el año 2001 se reformó el artículo 2 de la constitución, buscando con esto defender el desarrollo cultural y la independencia, además de promover la sanas relaciones entre todas las distintas culturas que conviven en México, los pueblos y comunidades siguen siendo blanco de discriminación y despojo, y se necesita una nueva reestructuración jurídica y social que comprenda el papel que cumplen esta comunidades en el día a día de los mexicanos, incluidos los que no pertenecen a alguna de ellas en particular.

La baja atención que reciben estos pueblos y, por otro lado, la mucha discriminación que sufren día a día resaltan el lado más egoísta del mexicano promedio, que se conforma con reconocer a sus pueblos y comunidades indígenas como sitios exóticos, subdesarrollados y ajenos a la cultura mexicana que para ellos es representativa, evidenciando el banal sentimiento de superioridad presente en los que no pertenecen a ninguna comunidad.


Habernos casado con la cosmovisión de las ciudades como símbolo del desarrollo y los pueblos como recuerdos de un pasado, nos hacen ver a las distintas culturas como pasos que ya dimos y espacios a los que no deberíamos volver, cuando en realidad son entidades que se han desarrollado, y lo siguen haciendo, al margen de lo que nosotros llegamos a comprender como desarrollo. Y comprender que seguirán desarrollándose con el paso del tiempo, a su propio ritmo, bajo sus propias normas y a hacia sus propios objetivos, nos ayudará a no conformarnos con ver lo propio de nuestro bello país como algo exótico, es decir, comprender que estas culturas no existen únicamente para hacer recuerdos bonitos con los que podemos adornar nuestra casa.


Por: Pedro F. Villegas


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