La responsabilidad sobre lo que decimos


Los últimos acontecimientos sobre la Influencer Bárbara de Regil, han resaltado la importancia de tomar en cuenta las responsabilidades que acarrea ser una figura pública, y más ahora, pues a diferencia de cómo se hubiese desarrollado una situación similar hace diez años, hoy es determinante que la capacidad de convertirse en un integrante de esta nueva élite social está más al alcance de todos, pues los medios de comunicación han evolucionado, junto las audiencias y su tamaño.



La fama ahora puede llegar más rápido que nunca y no existe una fórmula mágica para alcanzarla o en todo caso, para evitarla. De lo que sí tenemos certeza es que el ser humano no se encuentra preparado para estar expuesto a audiencias de esa magnitud, las cuales se consiguen en periodos tan cortos.



Uno de los aspectos que más suele subrayarse en los influencers que sucumben demasiado rápido a la fama es el ego desmedido, que termina por mermar su sistema de auto crítica y objetividad, legitimando sus opiniones como verdades absolutas a la luz del cúmulo, a veces exorbitante, de followers que tienen en la red social que dominan.



Los integrantes de esta nueva farándula modernizada no viven únicamente de seguidores, pero sí deben ganarlos, conservarlos e incluso satisfacerlos, y es por eso que muchas y muchos optan por seguir modas, que son pasajeras por definición propia, y ceñirse a oleadas de pensamiento que muchas veces no comparten o siquiera comprenden en su totalidad, lo que los lleva a opinar sin fundamentos, compartiendo con su audiencia mensajes a medias, mal administrados, ambiguos y en muchos casos, dañinos. Pues, es este mismo halo de superioridad que deviene del número de seguidores y la fracción de estos que apoyan sus opiniones y posturas; sumado a la necesidad de mantenerse a la vanguardia de los tópicos del momento; ambos factores que terminan por inhibir, o por lo menos silenciar, el juicio sobre sus propias opiniones.



Los seguidores, por su parte, continúan con este círculo vicioso consumiendo o divulgando el contenido del influencer que, como ya se mencionó, en el peor de los casos ignora por completo el contexto desde el cual el espectador recibe sus mensajes, provocando así un efecto de teléfono descompuesto; se recibe un mensaje potencialmente dañino, se implanta en un contexto donde su utilidad es nula y se transmite con personas de boca a boca, o en forma de actitudes, completamente tergiversado.



No todo recae en los personajes que lideran las redes sociales más usadas. Nosotros como consumidores, y potenciales creadores de contenido, también tenemos una gran parte de la responsabilidad, pues es a raíz de nuestra preferencia hacia ellos y su contenido que pueden seguir promoviendo material de este tipo. Tenemos entonces el deber de contrastar sus opiniones y posturas ideológicas con nuestro propio contexto y creencias, abandonando por completo la idolatría hacia ellos y apostando más por un criterio propio que debe cultivarse día con día. Aunque bien, esto puede tornarse complicado, pues el seguir a una sola figura mediática nos convida de un sentimiento de aceptación y unión, mismo al que no podemos ni debemos ignorar por completo, pero sí podemos educar, para que sirva de filtro para acercarnos más a personas que nutran nuestra vida personal.



La responsabilidad recae entonces en todos nosotros, al observarnos como consumidores y creadores de contenido al mismo tiempo, al comprender el deber de exigirnos más a nosotros mismos para lograr formar criterios más trabajados, y simultáneamente modificar nuestros hábitos de consumo hacia un contenido con mucho mayor valor; recordemos que el ocio y el entretenimiento no son malos, pero en Internet también existen influencers dedicados a la salud, la ciencia y la cultura.



Por Pedro F. Villegas

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