La era de la identidad de venta en cápsulas



¿Quién soy? Probablemente, esta sea la pregunta que más dudas y ansiedad cause a la mayoría de las personas hoy en día, fue la pregunta que empezó el camino hacia la búsqueda de la verdad, la que nos abrió el camino de las ciencias exactas, de las humanidades y de todo lo que el humano ha creado hasta nuestra época. Su respuesta se nos ha vendido en forma de marcas, de vidas y trabajos “ideales”; en forma de redes sociales y de listas de reproducción en servicios de streaming. Porque aunque la identidad no lo es todo para responder esta cuestión, de manera inteligente puede ser vendida como un sedante.

Desde la consolidación del capitalismo entre el siglo XV y XVI, la ley de oferta-demanda ha sido implementada a como dé lugar (recordemos las leyes impuestas al pueblo cuyas bases eran la prohibición de la autosuficiencia), llegando incluso a venderse, no solamente los recursos básicos para la supervivencia, sino que también, la idea del ser con tal de que esta premisa socioeconómica siga gestando.


En nuestros tiempos, la individualidad parece ser algo que somos incapaces de alcanzar, con tantas personas en el mundo todos buscamos algo que nos haga sobresalir. Esto no es ajeno a las grandes corporaciones ni a las industrias de moda o a las redes sociales, por el contrario, esta venta de identidad es la que más les ha generado ganancias secundarias. La venta de un estilo, sirve como un calmante y estimulante para las personas de nuestro presente, cuyos efectos pasarán rápidamente para que este vuelva a ser consumido, una droga de venta en forma de tintes para el cabello y fundas de celular personalizadas.

Pero la finalidad aquí no es demostrar la venta de artículos no indispensables bajo la idea del consumismo, es observar en qué momento dejamos de adquirir objetos y empezamos a adornarnos como uno; la búsqueda de la esencia, del “yo”, ha sido corrompida por una sociedad cuya existencia se basa en el número de me gusta que recibe en una foto y no en la voz interna de la consciencia, una consciencia acallada por la imagen.


Observar la satisfacción que uno obtiene al compartir publicaciones que apoyan los movimientos sociales por las que miles de personas luchan, pero jamás presentarse a marchas porque la interacción virtual ha tomado mayor relevancia que la física. Los jóvenes y adultos de nuestra época dudando de las paredes que los rodean, de la alusión que se tiene de la realidad, son rápidamente satisfechos bajo la premisa “existo porque los demás me perciben”, esto es el motor que los lleva a seguir compartiendo en sus redes sociales su forma de vida, sus vacaciones, sus cambios físicos e incluso sus posturas políticas y sociales, todo en resúmenes que nos llevan a la satisfacción inmediata. No se nos permite existir sin que otros así lo decidan. Hemos llegado a vendernos para existir.

La salida que podemos encontrar ante este temor de la identidad está dentro de nosotros mismos, no podemos concebirla como un agente externo ni a nosotros como un objeto cuyo valor es dado por las reacciones que nuestras publicaciones acumulan. Debemos aprender a tomar las redes sociales como lo que son, plataformas con las que distorsionamos nuestra imagen a nuestro favor, un espacio de alienación que nos permite sentir a salvo. Debemos dejar de identificarnos como perfiles y aprender a enfrentar los miedos que esta búsqueda trae consigo, porque solo eso nos dará la respuesta ante la pregunta ¿Quién soy?

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