La enseñanza del olvido, un síntoma secundario de la contingencia.



Bastante ha sucedido en el mundo desde que el COVID-19 se hizo presente como una pandemia global, siendo la cuarentena, la medida sanitaria que más ha tocado las fibras sensibles de nuestra sociedad, una sociedad en decadencia que ha demostrado lo poco que se interesa por salir adelante, por evolucionar. Lo primero que viene a la mente de uno al escuchar la palabra <<cuarentena>> es una ansiedad proveniente de lo que esto significa, una “pérdida de la libertad”. No nos preocupan las muertes de más de trescientas mil personas ni lo poco preparado que está el mundo para combatir contra un virus, nos preocupa el no poder salir, la prisión de nuestros hogares en donde creíamos poseer las comodidades necesarias brindadas por el consumismo y la tecnología. A lo que le tememos no es a la muerte sino a la vida, una vida cuyo estilo vemos colapsar ante nuestros ojos justo cuando creíamos haberlo comprendido.

Es difícil saber con exactitud en qué momento dejamos de dudar y comenzamos a aceptar, pero esta pandemia nos ha traído como ganancia secundaria el recuerdo de todo lo que se nos ha quedado a deber. La educación donde los maestros siguen enseñando a sus alumnos lo mucho que importa aprender a repetir, olvidando por completo lo que es el aprehender del conocimiento; los trabajos donde el empleado se sacrifica para seguir brindando el servicio de una empresa multimillonaria con un salario disminuido o se ve despedido injustificadamente por la avaricia de estas cadenas que bien podrían mantener el sueldo de estos trabajadores; la ausencia de los servicios básicos aunado a la falta de acceso a los de salud; los espacios reducidos en casas donde las familias no pueden distribuirse (entre otros) son la muestra de lo mucho que nos deben y de lo poco que hemos exigido nuestros derechos.

Y así como se nos debe, nosotros mismos estamos en deuda. Estamos en deuda con las familias de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa, de los y las desaparecidas por la guerra contra el narcotráfico, por la trata de blancas; estamos en deuda con todas las niñas cuyos juegos, voces y risas fueron arrebatadas por la corrupción de su inocencia, por las manos de los delitos sexuales que yacen impunes, con todas las mujeres, jóvenes y ancianas víctimas del feminicidio a las que asesinamos y violamos una vez más cada que dejamos a su agresor libre; a todos los niños huérfanos, así como a las madres adolescentes a quienes les arrebatamos la oportunidad de estudiar porque en nuestro país laico es mal visto ir contra la palabra de Dios.

Hemos aprendido a olvidar que nuestro mundo va más allá de nuestra persona y nuestro entorno, hemos olvidado a los países de Medio Oriente que siguen en guerra en medio de esta pandemia, al vertiente ácido que escurre por los rostros de las mujeres y hombres que se han atrevido a alzar su voz ante la injusticia; añoramos la vuelta a las playas, olvidando los cuerpos de niños inmigrantes que flotan sin rumbo, consecuencia de la búsqueda hacia una mejor vida; saboreamos los platillos de nuestros restaurantes favoritos mientras los animales enjaulados mueren de hambre por la falta de visitas en los zoológicos. Olvidamos.

Si bien, el confinamiento es una medida de salubridad que en nuestra época nos embriaga de ansiedad, debemos recordar el propósito de esta, sanar. Sanar como sociedad, como seres individuales dispuestos a deconstruirnos en pro de un bien mayor. Ya que estamos en medio de un proceso de sanación corporal ¿por qué no sanar lo que se esconde más allá de nuestro alcance físico y mental? El alma.

-Cristóbal Lara

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