La Ciudad de México y la pandemia que terminaría por decreto

A finales del pasado mes de mayo, el gobierno federal presentó la estrategia de semáforo, que serviría para la reapertura de actividades económicas y sociales en el país, regionalizando los niveles de riesgo para la salud por Covid-19 en cada estado de la república, y dejando en manos de los gobiernos estatales, la responsabilidad de determinar las fechas de reinicio de actividades de acuerdo a sus respectivos contextos.


Pronto dejaron claro que los colores del semáforo, y con ellos la reapertura de actividades, no serían discrecionales, sino que estarían apegados a criterios científicos cuantitativos y medibles, tales como: la tasa de mortalidad y letalidad del virus, la cantidad de contagiados activos y nuevos contagios diarios, o el porcentaje de ocupación de camas de hospital.


Sin embargo, para sorpresa de los capitalinos, y en contraposición a lo previsto por las autoridades sanitarias de nivel federal, el pasado 12 de junio el gobierno de la Ciudad de México publicó la siguiente infografía:



A primera vista, parecería bueno que haya preparación para reincorporar las actividades aún pausadas. Pero lo que sorprende, es que los parámetros cualitativos hayan pasado a segundo término y se diera prioridad, como criterio para reanudar actividades, a aspectos subjetivos. Y es que, a decir del propio gobierno de la Ciudad de México, la regla básica para cambiar el color del semáforo, de rojo a naranja es que existan dos semanas de decremento en ocupación hospitalaria, y además que la ocupación se encuentre por debajo del 65%:



Si respetáramos esta regla básica, y tomando en cuenta el incremento de casos diarios en la ciudad, resultaría imposible (o por lo menos muy osado) predecir cuándo se cumplirán las condiciones previstas para que el semáforo pueda cambiar de color, y máxime, qué días específicos podrían volver a operar qué actividades específicas; y sin embargo, eso es lo que hizo el gobierno de la Ciudad de México: calendarizar con una predicción a 28 días, proponer los colores que tendrá el famoso semáforo, y decir a priori, qué actividades se pueden hacer qué días.


Para nadie es secreto que la economía de las familias se ve muy presionada por esta crisis, y que se apuesta la estabilidad emocional e intelectual de las personas con cada día extra de confinamiento. Pero la realidad golpea más duro que todos nuestros deseos de cambiar esta rutina de la pandemia y avanzar con rapidez hacia la “nueva normalidad”: Al poco tiempo de anunciar las fechas y colores del calendario, la jefa de gobierno, declaró que este se podría posponer una semana más, si no se tiene la ocupación hospitalaria prevista.


Y es que al parecer, las autoridades de la ciudad no tardaron mucho en darse cuenta de que la pandemia y la crisis sanitaria internacional, no se someten a los buenos deseos que esbozan los funcionarios públicos; no se preocupan por el gran peso que aplasta nuestra economía, no se interesan por el alto estrés al que la gente está sometida, y sobre todo, no terminan ni tienden a reducirse, por decreto de nuestra jefa de gobierno.



Por Marco AC

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