Falla en el Sistema Nacional de Salud mexicano


Los sistemas de salud de todo el mundo se basan en la capacidad económica de hacer frente, como individuos o como población, al estado de enfermedad en el que la persona caiga.



Aquellos sistemas que se basan en los servicios privados parten de la base de que mientras el individuo esté sano pagará una cuota con el fin de hacer frente a los altos costos que la enfermedad implica. Y así es como funcionan esos seguros. Mientras la persona no tenga riesgo de enfermedad, aporta una cantidad específica de dinero a una empresa que, en caso de que el asegurado enferme, se hará cargo del recibo hospitalario debido a las aportaciones previas.



Aquellos sistemas, como el mexicano, donde el seguro es algo más bien “publico” se basan en la misma aportación monetaria, pero de manera automática al estado a través de los impuestos. Se fundamentan en la premisa de que la mayor parte de la población está sana y paga, de manera que podemos afrontar el costo entre todos. Sin embargo, destripe, esto no sucede así en nuestro país.



Enfrentamos graves problemas de enfermedades crónico degenerativas que cuestan mucho dinero al estado, y cada vez hay más y más casos. La obesidad y las enfermedades coronarias son consideradas pandemias aquí. De manera que la cantidad de recursos que aportamos todos son insuficientes para sostener el sistema, que demanda cada vez más y más material, equipo, servicios, y los demanda para ya. Con el SARS-CoV-2 todo se puso peor, porque entonces sistemas de salud más fuertes que el nuestro colapsaron, y entonces nos tocó el turno.



Para que entiendan un poco mi punto de vista les contaré que mi mamá es bibliotecóloga especializada en bibliotecas médicas, y que pasé buena parte de mi vida en hospitales e institutos nivel 3, donde conocí de cerca a los médicos y estudiantes de medicina. Los he visto ingresar felices y con miedo a sus rotaciones, estudiar más de 4 horas en la biblioteca, comprar dulces a escondidas y dormir en las escaleras del hospital.



No crean que hablo de los titulares o los adscritos, hablo de los internos y residentes. La mano de obra barata, y médula espinal del servicio de salud mexicano. Sin ellos y sin los enfermeros y químicos clínicos, el sistema entero se viene abajo. Y es que si alguien merece un aplauso, honores y distinciones son estas personas. Estos estudiantes-profesionistas en formación (porque eso son) son los que se avientan las tareas rutinarias, tediosas y difíciles que los más altos niveles no quieren hacer, y que son los más expuestos ahora.



Y vamos al punto más difícil de aceptar: no hay dinero para proporcionar a los médicos en general, mucho menos a las primeras líneas de defensa, lo necesario para evitar los contagios por el virus. Sí hay dinero para refinerías, aunque el petróleo dejará de ser viable en el 2050, sí hay dinero para trenes en una selva, sí hay dinero para comprar estadios de béisbol, pero no hay dinero para enfrentar al covid.



De por sí suena feo cuando lo decimos y pensamos en esos profesionistas que arriesgan la vida de manera literal, pero es peor cuando pensamos que los que están en el primer contacto son también estudiantes, que no han terminado su carrera o hacen una especialidad porque están “pagando” al estado lo que le deben por permitirles estudiar una carrera universitaria, y lo hacen de manera gratuita porque no hay y nunca ha habido suficientes becas.



Debería darnos vergüenza como sociedad permitir que niños sin formación completa se encuentren en el campo de batalla, exponiéndose y a sus familias, por casos que en México se han desarrollado por irresponsabilidad.



Y no me refiero a las medidas que el gobierno decidió tomar. A todos los países les ha ido mal en cuanto a medidas epidemiológicas se trata, puesto que parece que estamos jugando a la ruleta rusa, y es obvio considerando que nos enfrentamos a algo nuevo y sin información suficiente para combatir de manera efectiva. Hablo sobre aquellas personas que sin necesidad salían y generaban aglomeraciones, llevaban a sus niños y a sus adultos mayores sin protección y ahora se enfrentan a las consecuencias, exigiendo que niños sin suficiente formación los salven, amenazando con hacer la vida de ellos imposible si fallan en su misión.



Y esto no es algo que el covid nos haya traído, simplemente se reveló. Como país ya éramos así. Negábamos el ponernos una vacuna preventiva, mientras exigíamos que nos salvaran de las complicaciones de la influenza al mismo tiempo que ocupábamos de mala manera la frase “negligencia médica”.



Porque para exigir somos muy buenos, pero para prevenir y afrontar las consecuencias de nuestras decisiones no tanto. Es tiempo de cambiar nuestro pensamiento sobre la salud, porque el día de mañana tal vez tengas un hijo que quiera ser médico, que se sentirá muy orgulloso de serlo, pero que será acosado y amenazado por pacientes irresponsables que piden milagros, olvidando que esos solo corresponden a Dios.



Por Circe C. Hernández-Espino


Imagen por PIXABAY


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