Esta vida y nuestro mundo no son suficientes

Desde siempre, el ser humano ha tenido la necesidad de creer en algo superior o en una vida después de la muerte. Para las primeras civilizaciones esta necesidad se asomaba con el agradecimiento hacia los animales, de quienes obtenían comida y pieles con las que sobrevivían en la intemperie, creando tótems en honor a ellos. Así, poco a poco y, con el pasar del tiempo junto a la evolución de la especie, los rituales comenzaron a formar parte de regiones y culturas, los cuales iban desde lo más “salvajes “como lo fueron los rituales griegos, donde los bebés eran devorados por mujeres vestidas de animales en pro de los dioses (Robert Graves hace mención en el primer tomo de “Los mitos griegos”); hasta la asistencia a misa o ceremonias religiosas los domingos, como actualmente lo hacemos.


Pero, fuera de los actos y rituales pertenecientes a las distintas religiones, todos comparten una misma premisa, la aceptación de un ser supremo y una necesidad por ser, ante sus ojos, dignos de una vida después de la muerte, llena de placeres y carente de dolencias, una vida en el paraíso. Una cuestión que muchas veces dejamos pasar por alto, sin darnos cuenta de lo asombrosa que es esta creencia, donde existe algo perfecto a lo que somos incapaces de acceder en el plano al que pertenecemos.



Sin embargo, el ser humano no se conforma con estos principios religiosos para clamar que la vida es poco interesante sin la inclusión de relatos mágicos o sobrenaturales. Mircea Eliade, en su libro “El mito del eterno retorno”, para mostrar la necesidad humana de lo mágico en la vida, toma como ejemplo la experiencia de un amigo suyo que, en un poblado, escuchó una canción cuya letra contaba la historia de un hada que, llena de celos, arrojó por el barranco a un hombre de quien estaba enamorado, pues este estaba comprometido con una mujer de su aldea, mujer que (según la canción), cuando el cuerpo de su prometido le fue entregado sin vida, soltó un lamento tan desgarrador que fue escuchado en los pueblos aledaños.



Llamada su atención por esta canción conocida por los pobladores, este amigo suyo llegó a conocer a la mujer de quien se hablaba en la canción (resultó que esta historia era un tanto actual), a quién le preguntó acerca de la canción y de la historia que en ella se contaba. La mujer, explica este hombre, clamó que todo era una “historia de niños”. Aunque realmente su prometido murió cayendo por un barranco, cuando le llevaron el cuerpo, ella dice no haber llorado más de lo que una persona haría al perder a su ser amado; en cuanto al hada, la mujer afirmó que esta jamás existió y la muerte de su pareja no fue culpa de nadie más que de él mismo. Después de su encuentro con la mujer, el hombre volvió al pueblo donde escuchó la canción por primera vez, y al comentarles acerca de la reacción de la mujer, todos en el poblado dijeron que ella había o bien enloquecido, o bien bloqueado la historia de su mente; como sea, el pueblo entero daba las excusas que fueran para defender la verdad de las líricas; con esto, Mircea Eliade afirma que: “los humanos no podemos concebir una realidad en la que lo mágico o sobrenatural no sea parte de ella”.


Este y miles de ejemplos pueden ser utilizados para llegar a la misma conclusión. Tomemos nuestro país como ejemplo: las leyendas urbanas, los milagros de los santos, así como la presencia de seres místicos que desde nuestros ancestros han habitado nuestras tierras, son parte del día a día. No hace falta más que entrar a los sitios web de noticieros para ver que los vecinos de alguna región de Chiapas temen la presencia de un Nahual a quien han estado escuchando y culpando de ciertos actos vandálicos.


Inclusive las personas más escépticas son parte de las pláticas en las que los sucesos paranormales son el tema de conversación. Todos hemos estado envueltos en este tipo de pláticas, ya sea como quienes comparten sus anécdotas, quienes las escuchan creyendo estas o formando parte del grupo que simplemente gusta de entretenerse escuchando a los demás. Sea cual sea el papel que ocupamos, estamos presentes. Pues seamos creyentes o no, la fantasía siempre ha estado ahí.


Podemos ir incluso a caminos más ciertos como el estudio del universo y el espacio, no solamente nacemos con la necesidad innata de saber más acerca de nuestro mundo, también de aquellos que están a miles de años luz y de los fenómenos que ocurren en ese espacio que bien sabemos que está ahí y del que ahora buscamos comprender porque como seres conscientes, nuestra realidad y sus alrededores llega a abrumarnos o, mejor aún, aburrirnos.


Esta necesidad nos lleva incluso a la creación de estos mundos, dejando de creer (quizá) en un ser creador para nosotros convertirnos en este. Varios autores han declarado que no saben lo que, después de sus obras, haya sucedido a sus personajes; actitud que muchos creen sería la misma adoptada por un Dios (si es que existe). Multiuniversos en historietas cómicas, series televisivas, o mapas libres donde personajes de videojuegos están sin necesidad de que el jugador los manipule directamente, son la evolución de esta literatura, y es esta literatura una evolución de los relatos orales que acompañan y seguirán acompañando a la especie humana.


¿Por qué es menester que existan todos estos planos o realidades?


En principio, muchos encuentran en este mundo una fatalidad que no ha hecho más que acrecentarse, recordemos que Sartre dijo que la existencia dejó de tener significado cuando observó camiones que, sin más, transportaban y arrojaban los cuerpos de aquellos muertos en la guerra; fatalidad que esperan pueda solamente existir aquí, en una especie de mundo que nos pone a prueba para entrar a la pureza de una vida sin fin.


Fuera de la fatalidad, la creación de mundos o historias sirven para dar testimonio de lo que fuimos y, en algunos casos, de lo que anhelamos ser. Creer o no en un ser superior o en la vida después de la muerte no nos hace ajenos a una realidad o al escape de nuestro plano existencial. El simple consumo de una novela o un álbum musical es ya un ejemplo de esta necesidad, la de sumergirse en un mundo completamente distinto y fuera de nuestra percepción, como la que tenemos de este plano, sea a base de letras o sonidos, entre otros.


La necesidad que tenemos por no aceptar esta vida como única, junto a la negativa de que el ser humano es perfecto nos puede conducir, en el mejor de los casos, a la evolución de la especie, y en el peor de los casos, a ser sometidos por aquellos que puedan utilizarla a su favor.


por Nicolás Cristóbal

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