Enzo: Un soñador empedernido


* El inicio de un sueño



Esta historia sucedió en un ciudad de pocos y antipáticos habitantes en Italia. Ahí Enzo, un joven de 17 años, destacaba entre los pobladores por su carácter alegre, intrépido y soñador.



A diario, después de trabajar en la herrería de su abuelo, Enzo se recostaba sobre un viejo baúl para imaginar cómo sería su vida si lo hubiera regalado. Muchos le dijeron que se deshiciera de él, pero nadie sabía el verdadero significado que tenía para el joven.



Enzo consideraba que la vida le estaba dando la oportunidad de cambiar el camino que su familia le había dejado, pues, aunque le gustaba soñar, no se engañaba, sabía que tenía que esforzarse y trabajar duro para lograr el cambio.



En ocasiones se sentía frustrado y aburrido por la actitud de quienes lo rodeaban, pero deseaba con todo su corazón tener éxito. A veces pensaba que la gente era como el baúl y que guardaban secretos, historias, sueños, desilusiones y que sólo podían abrirlo unos cuantos. Se preguntaba qué pasaría si las personas dejaran la apatía encerrada.



** Un trazo a lo desconocido



Enzo también era amante de la pintura y de la escritura. En las tardes de verano acostumbraba plantarse en la plaza central de la ciudad. Ahí colocaba su caballete y con trazos llenos de color representaba intensamente el atardecer. Otras veces caminaba entre las calles con cuaderno y pluma en mano para buscar entre la gente la musa que inspirara sus poemas.



Mientras buscaba inspiración, Enzo recordó el baúl y meditó sobre la llave que hacía tiempo estaba perdida. Se quedó pensando si las personas del pueblo, que eran demasiado serios, también requerían de una llave que las abriera para revelar su esencia. ¿Cuál podrá ser esa llave? se preguntaba sin dejar de observar a las personas que caminaban en la plaza.



De pronto una mujer de cabello largo y ojos penetrantes, que podrían intimidar a cualquiera, robó su atención por su aspecto misterioso. Enzo no podía dejar de mirarla y sin darse cuenta comenzó a seguirla. El aroma de la mujer envolvía el ambiente. Él nunca se había enamorado tan súbitamente, sin embargo, ésta parecía la ocasión perfecta para hacerlo. Era algo extraño y excitante.



Ensimismado, casi en un estado de hipnosis, siguió a la chica hasta las afueras del pueblo. Se adentró en el bosque hasta encontrarse con un viejo carruaje de caoba de apariencia descuidada, de esos que eran tirados por caballos. Se detuvo un breve momento, extrañado por el carruaje sin personas ni caballos alrededor. De pronto, al levantar la vista, se percató que la mujer había desaparecido.



Enzo dio algunos pasos. La situación con el carruaje y la chica lo habían dejado totalmente desconcertado, en un estado casi etéreo. Su caminar automático lo acercó al misterioso carruaje. Volvió en sí cuando en el carruaje vio un emblema idéntico al que estaba impreso en su viejo baúl.



No terminaba de procesar toda esa información cuando sintió una presencia detrás de él, volteó súbitamente y vio de frente a la chica de cabello largo con un par de gelatos tradicionales en sus manos.



La misteriosa mujer lo miró profundamente a los ojos y le sonrío. Enzo se quedó totalmente inmóvil y, mientras la chica se le iba acercando poco a poco, sintió cómo los latidos del corazón se le aceleraban; sentía que no podía respirar. Cerró los ojos e imaginó cómo sería charlar con ella. Pensó lo que le diría: tus labios son tan hermosos, rojos y palpitantes que sólo de verlos quiero besarlos. Permíteme robarte un beso y que caminemos de la mano por esta hermosa ciudad, donde parece no importar nada ni nadie. Vayamos, por donde pisamos, sembrando flores y sembrando amores de los que ya no existen. Vayamos por todo el mundo viajando y conquistando.



Enzo no dijo nada y la charla no dejó de ser imaginaria, fue una de esas que uno no se atreve a decir. Lo peor estaba por venir cuando abrió los ojos.



*** El despertar de un soñador



Al abrir los ojos sintió un dolor en el cuello. Enzo se había quedado dormido y despertó en su cama empapado de sudor. Aventó sus sábanas al suelo. Estaba acalorado. Sintió como si tuviera fuego en el cuerpo, un calor comparable al que sentía a diario cuando trabajaba con el hierro.



La temperatura iba en aumento, pero él no podía dejar de pensar en ese par de ojos. Eran perfectos. Tenían una forma fina y estética, los mejores ojos que había visto en su existencia, los pensaba tan nítidamente que olvidó que él mismo había cerrado los suyos.



Se repitió varias veces a sí mismo que había sido un sueño extraño y hermoso, pero se preguntaba cómo pudo sentirlo tan real. Decidió volver a dormirse para ver a la hermosa dama que le había robado el corazón, sin embargo, notó algo raro: tenía una pequeña mancha de gelato en la camisa que lo hizo sentirse desconcertado y feliz. Enzo supo que no se había tratado de un sueño.



Recogió sus cosas para ir en búsqueda del carruaje y la mujer, empero, al guardar sus pinceles en el viejo morral se dio cuenta de que había una carta dentro con el aroma de la chica y el misterioso emblema en un tono dorado. Con mucha intriga y nerviosismo abrió el sobre y leyó la carta...

Continuará...



Texto elaborado por los escritores de The Circle of Opinion




Corrección a cargo de Emiliano Alonso


Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay

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