El teatro y su eterna distancia

Apenas cinco letras y un número azaroso nos recluyeron en casa desde hace un par de meses. Entonces bares, cines, conciertos, parques, centros comerciales y teatros, se mantienen cerrados. La premisa es sencilla: evita el contacto y mantén distancia para no contraer Covid-19.


La premisa resulta sencilla en los tiempos que nos tocan vivir pues: pedir comida, tomar clases, comprar ropa, muebles o accesorios en línea son gran parte de las actividades que caracterizan a la generación joven, la cual, predomina en la sociedad.


A pesar de que la era digital resuma cada vez más nuestra vida al ejercicio de un clic, los lugares antes mencionados, y que ahora están cerrados, no dejaban de llenarse, de ser puntos de encuentros casuales dónde el espacio digital reducía las distancias, para que el hombre gozara un poco mejor su rudimentaria existencia.



Difícilmente podremos comparar el número de asistentes que había en un bar el viernes de quincena, al que había en un cine el mismo fin de semana, y, así, con todos los lugares que se han mencionado. Dichos lugares resultan más o menos fundamentales para que un hombre o mujer promedio no perdiera un ápice más de su cordura en la caótica vida de la ciudad.


Seguramente nadie de nosotros consideró un escenario similar al presente, es decir, seguro imaginábamos un virus mortal que acababa con gran parte de la población mundial, pero éste venía acompañado de algo más cool, como una marea de zombies. Inevitablemente, la ciencia ficción siempre será mejor. Los zombies no llegaron, pero sí el hartazgo y la melancolía de aquellos sitios que nos hacían existir y compartir un poco; incluso el transporte en hora pico y el estrés escolar, nos hacen suspirar.


La tecnología a nuestro alcance tenía más o menos una manera de sustituir algunas de nuestras necesidades primarias, el esparcimiento, en un modelo económico como el que existimos: no es esencial. Poco a poco plataformas y aplicaciones han intentado sustituir dichos espacios. Plataformas como Netflix y Amazon Prime, han tomado más importancia como un sustituto del cine; aplicaciones te llevan hasta la puerta de tu casa la botana y bebidas que solías consumir el tan glorioso viernes de quincena o bien, más de uno se ha improvisado un pequeño oasis, entre chelas caseras y vacaciones simuladas en la sala.

Por más que lo anterior pueda dar atisbos de que mantener el cotidiano es factible, hay lugares que todavía no caben en la pantalla y seguramente, nunca lo harán.


Referente al arte, son numerosos las bandas y los artistas que han buscado la manera de dar conciertos o presentar material nuevo sin perder grandes ganancias; algunos museos han habilitado recorridos virtuales, haciendo posible transportarte a otro país sin mucho problema. Y, por último, quizá la más penosa de todas éstas, la digitalización del teatro.



Es claro que el teatro en una sociedad como la nuestra, pasa a los últimos lugares de prioridad, esto tiene que ver más con aspectos educativos y económicos que con la mera falta de interés por tildarse, generalmente, de aburrido.


Desde antes de la pandemia, el teatro no contaba con numerosos adeptos. Diversos son los factores que tiene en contra: resulta 50 o 100% más caro que asistir a un cine; sus montajes son menos impresionantes que los efectos especiales de una película; no tiene la cualidad de repetirse una y otra vez como en una producción en masa; y, finalmente, el arte en México está en un pedestal tan alto que se cree, debe ser elitista.


El teatro no es un arte elevado que necesite de grandes conocimientos técnicos y estéticos para comprenderlo. No hay duda que algunas obras se esforzarán por hablar de “cosas elevadas” pero las más, casi siempre, buscan acercarse a chicos y grandes sin discriminación de algún tipo.


Es verdad que, en la era digital, el teatro se puede encontrar en desventaja, sobre todo cuando la espectacularidad cuasi fantástica del cine y la televisión, lo deja muy atrás. Sin embargo, el teatro cuenta con la experiencia presencial, esa, que nunca podrá ser remplazada por un concierto digital, comida rápida pedida por una app o la fantasía de recrear Cancún en la sala de nuestro hogar.


La experiencia que ofrece el teatro nunca podrá encasillarse en una pantalla, necesita vivirse, como el hombre vive su vida, es decir, entre el sudor y la locura de la ciudad; entre sus espacios recreativos; en la emoción, los gritos y cansancio de un concierto; el alivio de un sorbo de cerveza frío en compañía de los amigos al terminar una jornada laboral; el abrazo del ser amado en la oscuridad, antes de iniciar la película, es decir, en la emoción de esos momentos que pasan sólo una vez y no pueden repetirse aunque se utilice el mismo lugar, las mismas personas y las mismas palabras.


El teatro muestra al hombre una realidad alterna donde éste se ve dos veces, la primera, viviendo la ficción/realidad de la escena; y la segunda, viéndose a sí mismo inmerso en sus emociones y sensaciones mientras una obra de arte se crea delante de él, avanzando al unísono, tal como sucede en la vida real.


El teatro está en desventaja no sólo por su poca o nula adecuación al streaming, sino por el hecho de que quizá cuando “la nueva normalidad” absorba al apocalipsis pandémico, la sana distancia lo dejará aún más alejado y olvidado de lo que estaba. Seguramente, las personas ajenas (nuevo público potencial) seguirán preguntándose qué tiene de especial o por qué valdría la pena pagar más por ver algo de tal especie, si los tiempos del Covid-19 demuestran que se puede digitalizar, socializarlo y hacerlo gratuito.

Tal vez, primero entrarán en pánico porque las salas pequeñitas de algunos teatros harán imposible la sana distancia. Después, seguirán apelando al costo, lo cual no es una cuestión menor, pensando en el valor del salario mínimo y las carencias económicas actuales.


El caso es que en la “vieja” o “nueva” normalidad no habrá espacio para el teatro seguiremos sin enterarnos del esfuerzo que hay detrás: creadores, actores, técnicos y más, que no viven del pago en una exhibición (como pasa en el cine y la televisión), sino que sus representaciones, como su vida, son continuas, reales y llenas de necesidades como las de tantos otros en éste país, las cuales, no caben ni cabrán nunca en un sofisticado software.


El Covid-19 tal vez se vaya y permita que la normalidad no tenga un prefijo, pero si ahora ya nos ha alejado un poco más de la realidad ¿qué pasará con la ficción? Aquella que nos aportaban, por unos pequeños instantes, los lugares que nos permitían tomar distancia de nosotros mismos, donde éramos algo más que simples números en una estadística mundial y nos hacían tan reales como el teatro hace real, la experiencia humana.



Por: Diana Laura González Cruz


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