El narcisismo nos traiciona en internet



Desde hace más de 20 años tenemos a la mano la biblioteca más grande y variada de temas, si bien el acceso se ha ido expandiendo paulatinamente, hoy en día podemos incluirnos dentro del 57% de la población mundial que tiene acceso a internet, pero no acabamos de comprender el verdadero costo de esta gran herramienta.



Las búsquedas que realizamos sobre productos, temas, personas y en realidad cualquier cosa; generan una imagen de nosotros como usuarios, dentro de la nube. Y en estos tiempos ya no es ningún secreto que los buscadores como Google (este por ser el más usado, el que más ganancias genera y uno de los grandes del internet), utiliza estos datos para mostrarnos publicidad no sólo de cosas que googleamos en el motor de búsqueda, también las que mencionamos, dado el añadido de que la aplicación puede utilizar el micrófono de nuestro dispositivo en segundo plano. Artículos de belleza, marcas de ropa, servicios de mantenimiento en general, y cualquier cosa que mencionemos de viva voz en nuestro día a día puede ser pasada por los filtros del programa para ofrecernos comprar algo a través de publicidad.



Pero esto no sucede sólo con productos, también lo hace con nuestros círculos sociales, dentro de las redes y las personas que seguimos. A través de Facebook, Twitter, Instagram e incluso en TikTok, cuando interactuamos con el contenido de otro usuario la plataforma registra nuestra actividad y comienza a enviarnos contenido similar al que hemos interactuado.



Por ejemplo: si en Instagram buscamos fotografías o vídeos sobre tatuajes, cuando volvamos a abrir más tarde la opción de ‘’buscar’’ aparecerá automáticamente contenido de ese tipo, o por otra parte, si comenzamos a interactuar con usuarios en Facebook o páginas de contenido de alguna índole, la plataforma nos comenzará a recomendar páginas que se adecuen a nuestras interacciones y nuestros intereses, sumado además a que, en el caso de Facebook, la plataforma tiene acceso directo a muchas otras aplicaciones que aportan información extra (desde videojuegos hasta apps de edición de fotografía), ampliando muchísimo más la imagen que tienen los filtros de información que usa esta app en nosotros.



Este último ejemplo sirve para explicar el siguiente fenómeno que a veces no notamos. Nos gusta sentirnos cómodos, en paz, tranquilos y en el proceso a veces evitar el conflicto, y los filtros de las páginas lo saben. Mientras más estemos cómodos, más fácil será que pasemos horas atados a las páginas, las plataformas y su contenido. La atención que ponemos se va acortando cada vez más, pues los vídeos de TikTok, por ejemplo, duran entre 15 segundos y un minuto, mientras que en Instagram están limitados a un minuto. Por otra parte, las publicaciones en Twitter se limitan a 144 caracteres, provocando que los “hilos” que se crean en la plataforma, estén seccionados en pequeños “párrafos” que facilitan la lectura.



Así el ciclo se ajusta mejor: consumimos productos audiovisuales, gráficos o escritos que tendrían un símil en el mundo físico con la comida rápida, por su fácil producción, bajos costos, consumo rápido y poca nutrición; y perpetuamos con cada clic e interacción que se da, reduciendo nuestros círculos sociales e interactuando con personas que se asemejan lo más posible a nosotros mismos, o representan la imagen falsa de lo que queremos ser.



No podemos dejar de obviar la importancia que tiene la forma en que consumimos opiniones o contenido, sin embargo, se debe señalar el peso que tienen las plataformas a la hora de explotar estas pequeñas debilidades en nosotros mismos. Podemos verlas como ese pequeño lago en donde el personaje de la mitología griega, Narciso, ve su rostro reflejado, pero al no poder quitar la vista de él, muere, en algunas versiones de la historia por suicidio y otras por puro dolor, al no poder hacerse del objeto de su deseo, él mismo. Todo compone al gran instrumento mediático, nuestra objetividad y disciplina a la hora de usar las plataformas y estas mismas, al igual que la forma en que funcionan a costa de nosotros mismos.


Por Pedro F. Villegas



Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

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