El humor como concepción ideológica

En estos tiempos de vertiginosa demanda mediática, la forma en que consumimos contenido multimedia de manera sintetizada pone de manifiesto el tiempo que le dedicamos a la ardua tarea, que hoy por hoy se halla en esta condición, la ardua tarea de cultivarnos.



Las horas que se escurren estando detrás de una pantalla, dista mucho del tiempo que le dedicamos a las páginas de un libro, a un periódico o cualquier texto que no tenga la misma cantidad de imágenes que contiene cualquier sitio cibernético.



La pantalla, que ahora hace de espejo ante nuestros ojos, muestra lo soso que se ha vuelto la curiosidad y lo blando que se ha vuelto la reflexión como resultado de un proceso extenuante de búsqueda y recopilación de datos.



Así, el ser humano puede consumir y/o utilizar, sin necesidad de intercambio monetario, no de manera directa, un sin número de imágenes, dejando ya de lado las pesadas notas, tan grises y tan serias que no atraen para nada al individuo, que la gran mayoría de las veces toma como instrumento de ocio la gran base de datos informática.



Partir de este hecho, observar cantidades inconmensurables de imágenes sátiras o burlescas de la realidad, nos mueve en un terreno de conceptos filosóficos, políticos y sociales, que se desprenden de un campo muchas veces desconocido para propios y extraños, incluso para los estudiosos.



Estos conceptos, que no se comprenden desde las bases, transmutan en interpretaciones alejadas y derivan en juicios diversos que deforman cualquier intento de dinamismo social.

Imágenes que provienen de propagandistas, o falsos propagandistas de una u otra filosofía política, de algún núcleo que pelea por la notoriedad en los círculos más sobresalientes de la sociedad, se ven obligados a recurrir al ataque público por medio de la sátira a determinadas causas o luchas, según sean sus antagonistas para incursionar en el pensamiento masivo.



Dicho carácter mengua cualquier intento de concilio y/o debate serio en materia humanista para convertirse en un juego de interpretaciones individuales del pensamiento y bromas de la comprensión, despojando de cualquier seña de seriedad a un proceso tan importante como es la comprensión de las ideas que pueden renovar la vida social y política de determinado grupo y del entorno en el que se desenvuelve el ser humano.



Recordemos que lo tiempos que nos embargan, imposibilitan en medida alguna la conservación de lo aprendido y nos ofrece cómo digerible la inmediatez de las cosas muchas veces vacías de contenido.



Aquí, la conjugación de estos factores, la inmediatez y fugacidad con la sátira y el contenido de toda una idea o concepto sintetizado en una imagen, dan como resultado una propaganda peligrosa y casi contundente, que enarbola ideas falsas que se basan en conceptos y entendimientos del propio creador, llegando así, de suerte a converger con otras tantas mentes y percepciones parecidas.



Emitir un juicio, como manifestación de nuestro derecho a la libre expresión se debe tomar siempre como arma de doble filo; aquí lo peligroso es, y siempre lo será, la manera en que ejercemos tal derecho.



Hablar sobre asuntos de suma importancia como ideas políticas y sociales, abordándolas desde un flanco humorístico parece algo demasiado atractivo, pero no siempre produce el efecto que se desea, sea este el plantear una cuestión que despierte después en el destinatario un naciente y real interés por el tema que bordea la sátira o simplemente sentirse apoyado con las concepciones que se tiene de los temas centrales que se alojan en dicho núcleo de la imagen en cuestión.



La forma en la que está constituido el destinatario de esta expresión ajena, siempre es factor determinante en la manera en la que el virus se almacena y se desarrolla en el huésped.



Existe siempre un margen de error bastante amplio de comprensión en el que se cae de manera recurrente, de manera consciente o no, a causa de un desconocimiento total del contexto de donde provienen las imágenes o el producto de la abstracción del pensamiento, o síntesis de la información que se recolecta; sin tomar en cuenta la fuente de dichas imágenes, que pueden servirse de textos y reducirse a otros tantos juicios en la misma condición precaria de entendimiento.



Así, un producto a medias y mal constituido se queda como un valor universal en la mente ya masificada, y que en la agenda personal no cabe la profundización de los temas que constituyen tal cosmogonía que puede resultar de una imagen.



La amplitud que le dan los muchos nuevos medios o canales de expresión a las ideas imposibilita la censura, y con este nuevo panorama nos movemos en un terreno de divisiones a cada paso que damos en busca de información específica.



El papel que juega la imagen en esta nueva selva de opiniones toma protagonismo que se nutre de la vaguedad en la que nos movemos, alimentándose de la prontitud con la que deseamos saber, al menos, de manera superficial sobre un asunto determinado o varios; o simplemente saber de qué se trata el tema recurrente entre las personas de algún núcleo social común.



Resta puntualizar que nos hemos desencantado por conocer de manera profunda y casi espiritual la causa u origen de toda estructura filosófica que se ha desarrollado dentro del enorme engranaje sobre el que se ha erigido la sociedad moderna. Dando así paso a la búsqueda superficial por medio de imágenes simplificadas lo que sólo se puede entender a fondo en pesados tratados que requieren concentración, dedicación y reflexión.


La imagen asocia conceptos y estos conceptos se insertan en nuestra mente dejando huella casi indeleble como consecuencia de dicha asociación; así, de manera simple, nos sentimos atraídos por los espectros más llamativos de nuestro entorno atiborrado de información.



Entonces podemos afirmar que nos sirve de manera inmediata lo que contenga una gama amplia de colores y un superficial contenido que postule alguna posición sobre determinado asunto. Convirtiéndonos en un portavoz, entre tantos miles, de posturas políticas subdesarrolladas en nuestro ceso y que fueron a dar ahí por el acalorado momento o por estar en un momento de debilidad en el que nos convencemos de que tal expresión o postura encaja del todo con nuestra concepción de la vida.



La imagen asocia conceptos y nos sentimos atraídos por lo que contenga aunque sea un rescoldo de algún lazo basado en costumbres, afectos y, sobre todo, códigos morales que en muchos casos son creados desde afuera y que aprehendemos desde nuestra infancia, influenciados por nuestro entorno que pretende mostrarnos cómo es que debe o debería funcionar el mundo.


Concluyendo que en casos excepcionales lo que realmente nos sirve es desechado, sino en su totalidad, se nos escapa lo más esencial.



Lo podemos observar de manera clara en la forma en que consumimos desde productos de primera necesidad como alimento, vestido y hogar, hasta accesorios ornamentales o lujos poco accesibles.


La imagen es más engañosa de lo que pensamos, tantas imágenes sin consistencia en la función y sin funcionalidad para nuestro bienestar y evolución reflexiva, dejan holgada de responsabilidad a nuestra mente de el ejercicio consciente de emitir un juicio más o menos encausado al auxilio de nuestro núcleo social con un objetivo real y responsable hasta para con nosotros mismos.



Teniendo en cuenta estos factores, podemos aseverar que el contenido de los conceptos ya más que sintetizados, despojados del valor central y de su verdadera esencia, nos conducen a la práctica casi sistémica de la intolerancia, y que nos hace creer que tenemos licencia para perpetrar también un sin número de prejuicios y acciones que se van desarrollando a partir de ese germen que nos permite la risa por un momento y que en la rutina comenzamos asumir como normales o como parte de la gran contradicción humana, normalizando y aceptando el orden que se nos ha impuesto como natural y único orden de las cosas, con el objetivo de arrebatar cualquier signo de pensamiento crítico y dejándonos sin la habilidad de separar lo importante de lo superfluo.



Separando la mofa de la realidad



Entonces:

¿Hasta qué punto una imagen configura el panorama de las personas?


Sólo la manera en la que nos conducimos en nuestra vida diaria, y tras un exhaustivo ejercicio de introspección, observación y reflexión podremos darnos cuenta que tan fácil podemos cambiar de opinión al construir juicios tras ser bombardeados de imágenes y mofas sobre cuestiones críticas y complejas de nuestra sociedad y sobre la manera en la que nos vamos despojando de la difícil tarea de tratar de entender sociedades anteriores y hasta la propia que se ve cada vez más perdida y amenazada en el sin sentido del humor fácil sobre temas de tal envergadura, como el crear consciencia sobre el estado tan delicado de las cosas.



Entonces podremos caer en cuenta que muchos juicios que lanzamos y la manera en la que nos conducimos es consecuencia de manifestaciones ligeras de análisis y reflexión, teniendo una sociedad repleta de autómatas llenos de planteamientos, conceptos e ideas incomprendidas que fungen como motor de la vida cotidiana en común.



Giovanni Ocaña





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