El día que dije no a la guerra


El artículo 165 de la constitución de 1886 de la República de Colombia, establecía el servicio militar como obligatorio, y la ley primera de 1945 constituía que todo varón estaba obligado a tomar las armas en prestación del servicio; sólo los clérigos o estudiantes de teología, monjes o cualquier inscripción en el ámbito católico debería ser exento de este, además de los "inhábiles absolutos".



La Ley 48 de 1993 tomaba la literalidad de estas últimas con el matiz de no incorporar menores de dieciocho años, pero obligaba a las instituciones públicas de bachillerato dar una cuota de conscriptos para la "definición de la situación militar", esto era obligar a los adolescentes a presentarse a una penosa situación: Los exámenes de aptitud psicofísica y sorteo, que eran y podrán constatar por múltiples testimonios, unos exámenes violatorios, en la práctica, de la dignidad de cientos de jóvenes de un colegio público, a saber: En fila se desnudaban más o menos doscientos jóvenes una mañana cualquiera.



Desnudos, un "médico" tocaba con la mano enguantada los testículos de cada uno, consecutivamente sin cambiarse el guante, miraba si había escoliosis severa y si tenían estrabismo o miopía extrema, la salud de la piel y la estatura. En ningún momento se solicitaba cualquier examen de aptitud mental o examen psicológico. El "médico” entonces miraba al "sargento" de reclutamiento que le acompañaba, si el "sargento" sorprendía alguien riendo o hablando ordenaba que el "médico" le metiera en la boca la mano enguantada, la que había sobado a todo el regimiento de bachilleres, lo obligaba hablar con la mano en su lengua como escarmiento y muestra de lo que le esperaba en las brigadas de entrenamiento, que en realidad era lo menos.



Los profesores miraban a lo lejos, distantes y de brazos cruzados, ellos quienes nos enseñaban palabras bonitas y nos daban lecciones de moralidad barata, no hacían nada ante la situación y no lo harían en un país indiferente a la brutalidad que algunos estábamos por enfrentar en cordilleras y selvas de esta nación rezandera y al mismo tiempo, rebelde.

Corría 1997, —y la situación anterior es verídica—. Colombia vivía como ya se sabe una guerra en escalada desde los años cincuenta, gracias al Bogotazo, primero entre Conservadores y Liberales (heredada de la Guerra Civil de 1903 llamada "Guerra de los Mil Días”, luego mutadas las guerrillas liberales a comunistas, unas marxistas, otras maoístas, otras de inspiración castrista.



Así, en ese año se venía el auge de las guerras patrocinadas por el narcotráfico, estaba yo con las canciones del álbum discográfico The Bends de Radiohead, en la cabeza y la maldición del sorteo para el servicio: —Me había tocado en la balota el Casanare, llanos orientales, frontera con Venezuela, infantería de marina—. Después del examen de aptitud, manoseado por un remedo de sargento Hartman, estaba citado para un Julio lluvioso a presentarme al velódromo de Santiago de Cali.



Llegado el día, me presenté con mi hermano de trece años. Madres despidiendo a sus hijos afuera, colores de piel variopintos, vendedores de café ambulantes y hamburguesas. Entramos. Nos iban a llamar por zonas de servicio militar. Apretujado entre las enormes humanidades del Pacífico colombiano, estaba yo, al final del pasillo de deportistas. Teníamos el llamado de salir a las canchas y allí nos enfilarían hacia la guerra o a limpiar tanquetas o cuarteles. Mi madre no fue porque mi padre había muerto en la capital. Ella hacía los trámites del deceso.


Un soldado raso era el voceador. Lo primero que gritó con tono militar fue: ¡Los de Casanare!


Yo no respondí el llamado. Prefería cualquier lugar del país que el Casanare. Prefería diez Hartman tropicales gritándome. Prefería otra cosa a la selva, a las patrullas interminables, a replicar un mal Vietnam. Prefería no ser un adolescente bobalicón blanco de las justas. Prefería no experimentar las balas con las que un niño de quince, guerrillero, y su AK-47 de 7.62 me destrozarían un pulmón; y no tenía el mínimo interés en dejar que una de las cientos de minas antipersonales me amputaran un pie y los testículos.


Ríos de muchachos salieron. Estuve hasta mediodía, siendo de los últimos cincuenta que quedaban en el pasillo y obligado pasé al centro del velódromo. Por altura y descarte, me escogieron para la policía militar, (PM) en la capital. Había evitado la selva.


Tres horas después, mi hermano arregló hacerme llegar una hamburguesa callejera. Al recibirla vi los camiones de traslado de los reclutas. Me estaba despidiendo de mi inocencia.


Aún así, después de diez horas de espera en las graderías del velódromo, ya agrupado para irnos quizá en camión, quizá en avión, acompañado en la grada por un trompetista de una orquesta juvenil y un desgraciado amante del Che Guevara (con guitarra en mano), y cualquier cantidad de desconocidos hijos de madres que no pudieron pagar su libreta militar, llegó un capitán; y parándose frente a nosotros con una macabra pregunta: —¿Quién no se quiere ir? — gritaba. Lo repitió tres veces, todos pensábamos que era una de las contradicciones de la milicia contra guerrillera. Yo levanté la mano en una epifanía, con imágenes del fin de mi infancia manchadas de parásitos y mal de chagas.



—¡Yo no me quiero ir! — dije con firmeza.



—Salga de acá y dele su nombre a ese soldado— dijo el capitán. Ante las miradas atónitas de mis compañeros efímeros de guerra, me fui. El resto de la tarde pasé de fila en fila hasta salir de ese infiernillo. En la noche estaba en mi cama, salvado por una canción de los Fabulosos Cadillacs que me dio el valor de decir No: Mal bicho.


...Digo no a la guerra

a la violencia

a la inmundicia

y a tu codicia...

¡Digo no!

¡digo no! ¡digo no!


Muchos meses después aún siendo un hombre sin libreta militar, un mal patriota, un apóstata feliz, un crítico de provincia, un indigenista en ciernes, seguí con mi vida y le pregunté al trompetista, compañero de desdicha de ese día de la llamada a armas, ¿Cómo fue su vida en la policía militar? Con los ojos cansados y esa mirada de mil metros que había adquirido, comentó que él se salvó de labores y dolores por poder integrase a la banda marcial del batallón.



—El del Che Guevara le fue mal— dijo. Me contó que una noche al ser víctima de abusos por hablar de la Revolución Cubana, el destrozo de su guitarra y las normas de la Escuela de las Américas decidió quebrar los vidrios de su cuartel con furia incontrolable. Fue mandado al calabozo, al psiquiatra y a la calle.


En 2016, fue el año que se paró la guerra en el país, por corto tiempo. El proceso de paz fue exitoso con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. La Guerrilla Marxista más grande y poderosa, además de la más antigua en ese momento, del mundo, durante casi dos años se redujo a casi cero soldados mutilados por balas o minas. Las carreteras se abrían y se vivió un repunte del turismo y la cultura de la inclusión social, otras guerrillas como el Ejército de Liberación Nacional de corte de la teología de la liberación católica y el Marxismo (cóctel impensable en otros lares) ya estaba gestionando su salida del conflicto.


Pero el baile de las valquirias volvió a sonar en los cielos de las cordilleras, a manos de helicópteros Black Hawk, a ritmo del nuevo y corrupto gobierno de ultraderecha que tomó el poder desde 2018. Volvieron las guerrillas y los cárteles, ya nadie supo quién quedó con quién y volvió en mi mente 1997.



El lector podrá preguntarse qué tipo de guerra es esta en pleno 2020. Violentología es el neologismo que se convirtió en cátedra, y que explica este conflicto y los violentólogos sus profetas. Ya casi a nivel de muchos países africanos en confusión y violencia, Colombia tiene tanto del siglo XX y desigualdad social, como lo tienen ellos. El día que dije no a la guerra, cambió mi vida, pero no la de muchas de las almas que se quedaron obligadas a dejar su juventud entre balas de 5.52 NATO y las lágrimas de sus madres. Los Fabulosos Cadillacs también cumplieron su parte, como los genios del Dub.



por Christian Sarria Villaquirán



Enlaces de interés:

La guerrilla más antigua del mundo (reportaje) en: www.naiz.eus

www.icrc.org (minas antipersonales)

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