El éxito: la vieja trampa del negocio renovado

El difícil acceso a las oportunidades dados los medios escasos para alcanzarlas y su poca difusión, provoca que el mercado del éxito crezca en épocas de necesidad. Puede ir desde productos estrella que “van a revolucionar el mercado”, libros de autoayuda que conocen el secreto para obtener la vida que deseas, seminarios a precios exorbitantes que atentan contra la privacidad de sus asistentes y terminan por asemejarse más a sectas que a grupos de apoyo, ponencias pagadas, clases virtuales, newsletters, y un sinfín de nuevas herramientas que se puedan ir sumando con el tiempo; el avance de la tecnología así como los cambios en los intereses y debilidades sociales irán marcando su ritmo.


Este nuevo mercado se caracteriza por explotar en sus consumidores el sentimiento de inmediatez y aboga a su lado más supersticioso; ofrece grandes ganancias con base en pequeños sacrificios, provocando en los creyentes una serie de “pseudo-modificaciones” cognitivas y conductuales que los llevarán (supuestamente) a alcanzar el éxito que siempre han deseado.


Funcionan utilizando un lenguaje sumamente general y ambiguo similar al de los horóscopos, y sobre todo se apoya en los ejemplos de éxito, que sirven de referencia para volver a apuntalar el mensaje más repetido: “Si ella/él pudo, tú también puedes”; y esta presencia de ejemplos de éxito en los productos maravillosos es importantísima, pues son el marco a través del cual el sujeto que consume estas ideas puede compararse y buscar asemejarse.


Uno de los primeros representantes del negocio del éxito fue Napoleón Hill, un estadounidense que tiene en su haber más de diez libros (ejemplificando el gran mercado que ya existía en la primera mitad del siglo XX) y que llegó incluso a ser asesor de varios presidentes, señalando que, no se trataba de que ellos necesitaran llegar al éxito sino que, todas estas personas como divulgadores de estas ideologías, tienen una gran capacidad de influencia y comprenden el mercado al que se dirigen muchos políticos: personas en búsqueda de un significado mayor en sus vidas.


El gran problema de que exista, se explote y perpetúe este mercado, consiste en que se distorsionan las nociones reales sobre el trabajo remunerado y comienza una cruel romantización sobre lo que en realidad implica trabajar en un país con muy pocas oportunidades de empleo regularizado bajo la Ley Federal del Trabajo, vistiendo de “oportunidades para sobresalir y demostrar que eres distinto al resto” lo que de hecho representan largas jornadas laborales por sueldos bajos y la ausencia total de prestaciones.


El consumidor, sumido en un contexto como lo es mercado laboral mexicano, absorbe este mensaje y los valores que promueve como lo son el individualismo, la competencia, la desconfianza y una peligrosa ideología que versa sobre una supuesta audacia, cuando en realidad esta última representa una serie de herramientas deshonestas para no perder, y aprovecharse de los demás o incluso para llevar a cabo prácticas de dudosa legalidad o carentes de ética.


Es aquí donde el problema alcanza su último escalón, pues logra que el consumidor (el trabajador), se adapte a un mercado laboral deficiente y que al hacerlo continúe corrompiendo ese mismo sistema, del cual se sirve para poder sobrevivir, provocando así que el mercado no logre salir del estancamiento.


Y aunque no todo recaiga en nosotros los trabajadores, sí nos corresponde a nosotros dejar de percibir este negocio del éxito como el boleto milagroso a la vida que deseamos, y aceptar que no existen las recetas milagrosas. Además de comprender que los ejemplos de éxito que son el estandarte de estos productos, responden a condiciones de formación demasiado específicas y por ende casi imposibles de replicar en nuestros propios proyectos de vida y hacia nuestra propia concepción de la palabra éxito.


Debemos comprender que son, más allá de guías para alcanzarlo, pequeños ejemplos y herramientas que pueden llegar a servirnos en momentos muy específicos, pero que no podemos ceñir toda carrera laboral a ellos.



Por Pedro F. Villegas



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