¡Dejémoslos ser!

Primero que nada, no tengo hijos. Mi experiencia más cercana cuidando de un ser pequeño e indefenso y que además sea humano, es mi hermana (cinco años menor que yo), y tal vez un poco mis primos, todos menores porque soy la mayor de la camada.


Considero que la familia en la que crecí fue una fortuna. No teníamos dinero, a veces nos faltaban cosas que queríamos, pero en la mayor parte de los casos, no nos faltó lo esencial y necesario. Me brindaron la libertad de elegir a lo que me quería dedicar. Y aunque nuestra economía no alcanzó para cumplir mi sueño, me siento feliz con la carrera que decidí estudiar, y mi oportunidad de tener una segunda carrera.


Mientras me preparaba en mis primeros años de formación e identificaba mis fortalezas y virtudes, hacía mi primer análisis costo beneficio de mi vida. Pensaba que a mis compañeros no les gustaba estudiar debido a que tal vez, no era lo que ellos deseaban. Es difícil entender matemáticas cuando no te agradan y sin mencionar los métodos de enseñanza. Así que mis compañeros de la secundaria y yo esperábamos con ansias el momento en que pudiéramos estudiar exclusivamente lo que nos gustaba.


Al final eso nunca sucedió. Porque aún en la carrera que tú quieres, es posible que encuentres cosas que no te terminan de agradar, pero que igual debes conocer ya que son las bases de tu rama de estudio. Ahí es donde entiendes la diferencia entre amar tu carrera y que sólo te agrade. Cuando amas algo lo aceptas aún con esas partes que no te gustan, y ahondas en los detalles con compromiso y dedicación. Pero ¿qué sucede cuando lo que estudias no es ni de cerca aquello a lo que te querías dedicar?


Así como tuve la felicidad de que mis padres me permitieran estudiar lo que quería, y explorar entre las diferentes cosas que me atrajeron y me siguen atrayendo hoy día, tuve la pena de conocer a amigos cuyos padres les prohibieron estudiar la carrera de sus sueños y tuvieron que buscar alternativas que considerarán aceptables a sus perspectivas económicas, y peor aún, amigos cuyos padres los obligaron a estudiar una carrera que no querían verdaderamente.


Amigos con talento para aquello que querían hacer y que fue desperdiciado en pro de cumplir con los deberes y aspiraciones familiares, como si la familia fuera a vivir el entrenamiento y ejercicio de esas carreras impuestas. Una absoluta desgracia.


Algunos de ellos no aguantaron esas aspiraciones y terminaron abandonando la carrera que habían iniciado. Económicamente, eso le cuesta al estado y a la familia. Otros lograron terminar la carrera y ahora son profesionistas, no sé si realmente están convencidos de que aman lo que hacen.


Sin embargo, los tiempos son otros, y cambian a una velocidad impresionante. El mundo para el que nuestros padres nos prepararon se está desvaneciendo, dejando atrás carreras que creíamos estables por otras que ni siquiera existen aún. Mis amigos están atrapados en vidas en las que no me atrevo a preguntar si se sienten felices, o siquiera cómodos.


Citando a Los Simpsons: “¿Podría alguien por favor pensar en los niños?”. Y si es posible dejarlos vivir sus vidas como ellos quieran, sin condiciones, sin replicas. Ayudar a preservar el talento en lugar de contribuir a su extinción. ¿Podríamos ser mejores padres para nuestros hijos? Sería un mundo hermoso de ver.



Por Circe C. Hernández-Espino

Imagen por Sasint en PIXABAY

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