Carta del abuelo



Querido nieto,


Cuando era niño, allá por los años 30; cuando era tan chico que no sabía lo chico que era, tenía un mejor amigo llamado Caleb.


No recuerdo cómo es que nuestras familias se conocían, pues su familia era rica; su padre era un contador y ganaba bastante bien para aquél entonces; mi padre, en cambio, era obrero y apenas nos alcanzaba para lo necesario del día al día. Sin embargo, al menos una vez por semana íbamos a comer a casa de mi amigo y siempre me maravillaba que, dentro de su casa, tuviera un patio donde pudiéramos jugar.


Tenía un par de coches de madera que me gustaban mucho, un par de balones con los que jugábamos fútbol (realmente, sólo pateábamos la pelota de un lado a otro), y siempre lo veía vestir atuendos elegantes. Nosotros también vestíamos nuestro mejor conjunto, aunque siempre era el mismo. No me gustaba tener que limpiarme tanto y arreglarme para ir a ver a Caleb, pero mi madre solía decir que era lo menos que podíamos hacer por ellos. Lo decía con tanta seriedad que no me atrevía a desafiarla.


No sé cómo es que empezó nuestra relación, es algo que tal vez ya existía antes que yo o tal vez, fue algo que se dio antes de que aprendiera a hablar. Sólo recuerdo que siempre había sido así; siempre había sido mi amigo. Pero año con año empezamos a notar que las cosas entre nuestros papás se empezaban a tensar y nunca entendí bien el por qué, lo entendí hasta mucho después: ellos eran judíos y vivíamos en Alemania.


Jamás noté diferencia alguna entre nosotros. Caleb era mi amigo, su mamá era amiga de mi mamá y nuestros papás siempre se sentaban a fumar cigarrillos y hablar cosas de adultos. Sin embargo, y casi de la noche a la mañana, ellos desaparecieron. Recuerdo preguntar a mamá a dónde había ido Caleb, pero nunca obtenía una respuesta distinta a una simple sacudida de cabeza, mirada de penuria y un rezo. Su semblante se tornaba tan sombrío que yo sabía que algo malo les había ocurrido, aunque no sabía qué.


Tengo la fortuna de poder decir que mi familia fue de las menos afectadas por la guerra. Tuvimos problemas como todos, pero mi padre se volvió capataz y un empleado imprescindible. Nunca supe qué favores tuvo que pedir para no terminar enlistándose, pero gracias a ello, pudimos prosperar. A pesar de nuestra suerte, cuando cumplí 21 años decidí probar mi suerte en América para conocer más sobre el mundo tan fracturado que me arrebató a mi mejor amigo de la infancia.


Estando allá fue que conocí a tu abuela. Quisiera contarte que fue un amor a primera vista, comenzamos a salir y su familia me aceptó inmediatamente, pero la realidad es que no fue así. Como bien sabes, ella era judía. Naturalmente su familia me repudió al inicio, fue muy complicado, pero fui persistente, educado, y gentil con ella y con sus hermanos. Recuerdo que me metí en varios problemas por ayudarlos a ellos y eso me fue ganando el fervor de sus papás y, ante todo, la atención de tu abuela. Ella quería salir a escondidas en un inicio, pero le dije que no estábamos haciendo nada malo así que después de muchas pláticas con su padre, empezamos a salir de la manera correcta.


Entendía de dónde provenía su aversión hacia mi pues mi gente hizo indescriptibles atrocidades a su pueblo. Recuerdo que había necesidades allá por donde caminara y siempre intentaba ayudar cuanto podía. Notaba cómo muchas personas se mostraban reacias a mi ayuda, sólo por cómo me veía. Claramente era yo un extranjero. Donde más terminé ayudando fue en un comedor infantil, había demasiada hambruna incluso en la susodicha “tierra de la oportunidad”. Seguido me preguntaba si Caleb habría sufrido tanto como los vestigios que veía por todos lados.


Eventualmente, llegaron los años 60 y la gente parecía por fin haber aprendido a tratarse y tolerarse, pero entonces aprendimos que ahora aquellos de raza agredida no eran los que tenían una religión distinta, sino un tono de piel diferente. El odio que había era demasiado visceral y tu abuela tenía poco de haber dado a luz a tu tío David, así que decidimos ir más lejos y viajar al sur. Así fue como terminamos en América Latina.


Llegamos a México, y empezamos a construir nuestra vida ahí. La realidad es que nos establecimos bien, mi trabajo era bien pagado y teníamos suficiente para nosotros y para apoyar a un club rotario que conocí en la ciudad. Siempre intentamos inculcar a todos tus tíos y a tu madre la bondad, para que ayudaran a la gente, que amaran a los demás. A veces me asalta la duda de si fue una buena elección, pues eso llevó a David a estar en Tlatelolco aquel fatídico día. Me enorgullecía su entrega, pero me rompió el alma que aquello le costara la vida.


Fue aquí cuando me empecé a cuestionar el trabajo que hacía. ¿Por qué si siempre había ayudado a otros, intentando hacerlo todo bien, recibía cartas tan crueles por parte del destino? Dudé si lo que estaba haciendo valía la pena…hasta que tu tía Ana se enamoró. Nos ocultó por 3 años su relación, pero ya en los años 80 la gente era más libre que antes y esperaba que por lo mismo, tuvieran más y mejores oportunidades. Cuando tu tía nos dijo que iba a mudarse para vivir con su pareja, nos emocionamos mucho e insistimos que le invitara a cenar para que nos pudiéramos conocer.


Se le notaban los nervios desde ese momento. Tuvimos una enorme sorpresa cuando esa noche llegó a nuestra puerta tu tía Mary. Nuestra primera reacción fue de una completa y total sorpresa, pero la sonrisa de Mary era tan grande y sincera que no pudimos hacer más que seguir siendo amables. La realidad es que esa noche quedamos encantados con ella y por supuesto que Ana contó con todo nuestro apoyo. Fue demasiado triste cuando nos enteramos de que toda la familia de Mary la había repudiado por el amor que profesaba por nuestra hija. Fue con esto que me di cuenta de que seguía haciendo lo correcto, seguía habiendo mucha gente que necesitaba apoyo y soporte.


Con mayor razón aceptamos a Mary como parte de la familia y, aunque sé que la recuerdas con mucho cariño, la verdad es que sus caminos se cruzaron por un muy breve momento. Aún me parece increíble que haya gente con tanta malicia dentro de ellos como para violentar de esa manera a alguien que nunca hizo daño a nadie, siempre profesaba amor por los demás, sus únicos pecados fueron ser de tez morena, mujer y homosexual. Son cosas que ella no pidió y no podía cambiar, pero que tampoco tenían que ver con nadie más.


Nos rompió una vez más el corazón ver la profunda depresión de tu tía Ana. Se lanzó en cuerpo y alma a defender los derechos de las personas y por supuesto que la apoyamos. Es por eso que me causa tristeza que todo su trabajo se vea mermado por una enfermedad. Nadie esperaba que en pleno siglo XXI, con tantas tecnologías que no puedo siquiera entender, ocurra algo que detenga el mundo.


Por eso, quiero pedirte que no te detengas, no dudes del potencial que tienes. Puedes ayudar a la gente. Ama a tu prójimo sin importar su procedencia, sus preferencias, su idiosincrasia. Defiende a aquellos que no pueden defenderse, yo ya no puedo hacerlo. Todos somos parte del mismo mundo, todos tenemos miles de historias que contar. No calles a nadie, escucha con atención. Sé amable, atento y cordial con la gente y verás como la vida te recompensa con más bondad. Y cuando la tragedia toque a tu puerta, recuerda que no es un castigo sino una lección más para que puedas ser mejor persona para ti y para los demás.


Es irónico, tantas tragedias que he presenciado en mi vida, tanto trabajo que aún puedo ofrecer por otros, pero es esta maldita enfermedad la que por fin pondrá punto final a mi historia. Espero que tú puedas seguir con ella, pues he visto lo mucho que te pareces a mi cuando era chico. Siempre veo lo entregado que eres, lo mucho que cuidas de tu madre, como siempre apoyas a tus hermanos y como siempre tienes tiempo para escuchar mis historias.



Por Eduardo Galindo

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