Café Bistro

Nunca me había detenido a pensar en cómo sería la vida para las demás personas. Mientras me encuentro, en el Cafè Auditori Sant Cugat en Barcelona, veo cómo los meseros terminan la tarea de limpiar el lugar y cerrar el local. Solamente se escucha el murmullo de aquellos que saben que aún hay un desconocido dentro de sus dominios, alguien que no pertenece ahí, pero tampoco pueden extraer ni ignorar. La lluvia se vuelve intempestiva mientras observo los movimientos monótonos de aquellos que esperan lo inevitable, que conocen su destino y comprenden que cada movimiento que hacen es meticulosamente analizado por quien posee en sus manos la capacidad para cuidar o alterar irremediablemente ese destino.


Llevo ya un par de horas aquí y desde entonces el ambiente ha estado tenso, rígido, a punto de romperse, manteniendo un frágil equilibrio que nadie se atreve a alterar. Poco a poco el olor de café empieza a ser restituido por el de productos de limpieza. Me encamino a la cocina y empiezo a notar el aroma a tabaco de aquellos que se encuentran esperando en la salida de los empleados. Los cotilleos cesan cuando me ven acercarme. Camino entre ellos, consciente que todas las miradas están sobre mi y obligándome a mostrarme indiferente hacia ello, pues no debo mostrar señal de arrepentimiento; debo mantener una postura inquebrantable ante esta situación tan funesta. Cuando cierro la oficina del gerente, los murmullos empiezan a sonar, incluso sobre el ruido de la lluvia que amenaza traer granizo con ella.


El ambiente es completamente distinto dentro; así como la hostilidad se saborea en el ambiente fuera de la oficina, dentro se siente una pesadumbre que proviene de aquella que entiende la razón de mi presencia allí. Sabe qué es lo que debe suceder a continuación, pero es una de esas personas que nunca se imaginó a sí misma teniendo que tomar las decisiones a las que la he orillado. Sé que, a pesar de su ensimismamiento, mi presencia no pasa desapercibida. No hablo ni produzco movimiento alguno hasta que ella se ve en la necesidad de reconocer mi existencia:


- “Entonces, hemos llegado hasta a este punto”. – Comenta ella, al borde de las lágrimas–. - “Me temo que sí.” – Le respondo, sin sentimientos en mi voz–. - “¿Me podrías dar al menos un momento más?” - “No es tiempo ya”. - “Entiendo”. – Su respiración se quiebra, sabiendo que no puede decir más, no existen más opciones, no queda más tiempo y no hay manera de borrar mi presencia allí–.


Comienzo a leer sus derechos mientras la arresto, le coloco las esposas con mecánica precisión mientras la escolto fuera del edificio. La hostilidad afuera continúa, pero no hay murmullos ya y nadie se atreve siquiera a interponerse. Salimos por la puerta de comensales y en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, aparece un cartel diciendo: “Cerrado hasta nuevo aviso”.


- “Era mi sueño, ¿sabes? Ese pequeño café” – No respondo, no queda nada que decir –

- “Gracias… gracias por venir por mi…”


Sus lágrimas por fin empiezan a salir. Deja escapar un suspiro largo y profundo, y una sonrisa de completa calma y tranquilidad afloran en su rostro. Puede entender que su vida ya no corre peligro, sabe que la protección que compró incluye completo anonimato, reubicación en otros continentes y suficientes opciones para poder empezar una nueva vida. Sabe que quienes la amenazaban, no podrán dar fácilmente con su paradero. Llevo más de 10 años en este negocio y mis métodos cada vez con más sofisticados y contundentes. Y de todos mis clientes, no ha habido uno sólo que haya vuelto a tener problemas.



por Eduardo Galindo


Foto de Snapwire de Pexels

¿Y tú que opinas de las noticias?

© 2020 The Circle Of Opinion MX; todos los derechos reservados | ventas@thecircleofopinion.com.mx |