Amistad

Me encontré caminando en la Ciudad de México y llegué al puesto garnachero de mi confianza. Aún era muy temprano y no abría, así que me recargué en un coche estacionado frente al puesto cuando llegó don Ramiro, el don de las chalupas. Nos saludamos como buenos amigos, con gusto y alegría, y yo me hacía a un lado para que él pudiera abrir su negocio. Me contó sobre cómo está su familia y mencionó su hijo, Antonio, que esperaba llegase a ayudar más tarde.


Al poco rato, llegaron tres amigos míos: Laura, Miguel y José. No recuerdo en qué momento de nuestras vidas fue que empezamos a ser amigos, pero lo que sí sé, desde el fondo de mi corazón, es que eran amigos míos. Empezamos a comer y yo, como buen cliente de don Ramiro, pedí chalupas, sopes y tacos. A pesar de ser fanático en general de los tacos, en el caso de don Ramiro, lo más rico que prepara son las chalupas y los sopes así que terminé comiendo más de éstos.


Cabe mencionar que su negocio no es sólo un puesto en la calle. Ha proliferado tanto que es dueño de toda la esquina, de manera que se le ocurrió tener mesas en ambas aceras y, con el espacio abierto, da la sensación de ser un lugar más amplio de lo que verdaderamente es. La iluminación es tenue y la música permite platicar de manera muy amena, por eso y por el buen trato del don es que es uno de nuestros lugares favoritos.


Para cuando todos habían terminado, yo ya me sentía satisfecho, pero con antojo de uno más. Mis amigos y yo estábamos platicando y riendo, como lo solemos hacer siempre, pero mi ansiedad por pedir ese último sope y dejar de detener a los demás por si ya se querían ir, empezó a crecer pues la mesera que nos atendía no la veía por ningún lado, como si se hubiera olvidado de atendernos.


Siendo un cliente frecuente, me levanté para ir a pedir mi sope, no con actitud altanera sino porque sabía y entendía que tenían mucho trabajo y nosotros en realidad ya habíamos terminado de cenar. Llegué hasta la cocina y me encontré con las tres meseras de don Ramiro, —chicas muy lindas y guapas, con las que me llevo bastante bien pero siempre con respeto pues no quisiera causarle ningún problema a don Ramiro—. Diana (la más joven) me recibió con una sonrisa muy sincera y me preguntó si algo estaba mal. Le comenté que no, sólo quería pedir algo, pero en la calle un ruido me distrajo: al parecer un carro estuvo a punto de atropellar a un pobre perro, así que mi atención se disipó.


Por fortuna sólo fue un susto, pero cuando Diana me volvió a preguntar sobre mi orden, tuve que confesarle que había olvidado lo que le quería pedir. Fue tan absorta mi mirada en ese momento que ella no pudo hacer más que soltar una sonora carcajada. Después de la risa, mi estómago me recordó la orden y Diana, tan linda y amable, me preguntó dónde estaba sentado. Señalé la mesa donde estaban mis amigos y me comentó que en cuanto estuviera el pedido listo, me llevaría mi comida junto con un gansito de regalo, y acto seguido me guiñó el ojo. — Sé que no lo hace por coqueteo, sino porque simplemente he forjado muy buena relación con todos los que trabajan con don Ramiro. Se siente bien estar en un lugar donde te conocen y te aprecian—.


Terminando de comer, me despedí de mis amigos y antes de volver a entrar para despedirme de don Ramiro, me llevé una gran sorpresa pues recargada justo en el mismo lugar donde estaba yo cuando llegó don Ramiro, se encontraba una amiga de hace muchísimo tiempo que no había visto, así que fui corriendo a saludar a Erika. Se notó que le dio gusto verme porque me abrazó con mucha fuerza, la realidad es que nos extrañábamos, pero al parecer así son las circunstancias de la vida adulta, cada vez te ocupas más y más y empiezas a pasar tiempo sin ver a los amigos que solías ver todos los días en las clases que compartías con ellos.


Platicamos de todo y de nada, poniéndonos al corriente de los sucesos en la vida de cada uno y por el rabillo del ojo, veía a un anciano que venía por la calle hablando solo, gesticulando y alzando la voz; comentando cosas sobre como nadie tiene respeto y decencia, tirando basura en la calle sin importar la contaminación que generan. Y mala fue mi suerte que, en ese momento, se me cayó (sin intención) la bolsa del gansito que me habían regalado y el anciano, al ver esto, se enfureció conmigo y me empezó a agredir.


Me disculpé con completa sinceridad con él pues me preocupaba que pudiera hacerle algo a Erika y porque fue un honesto error, y me dio gusto ver como su furia amainó pues vio que no estaba solamente intentando hacer que se fuera, sino que en verdad sentía lo que decía. Me abrazó y comenzó a hacer gala de su hijo que venía corriendo con cara de arrepentimiento por el comportamiento de su papá. El joven era muy alto y fornido y yo le mencioné al anciano que su hijo no se parecía a él, a lo cual me respondió que, en realidad, se parecía más a su madre. Le dije que no conocía a su mujer así que no podría confirmarlo y por alguna razón, eso pareció causarle mucha gracia. Empezó a reír a carcajadas y no pude evitar sumarme.


Una vez que el anciano se fue con su hijo, llegaron las personas que Erika estaba esperando. Da la casualidad de que era Antonio a quien esperaba, pues resulta que eran amigos muy cercanos. Regresamos a la mesa en donde había estado yo con mis amigos y nos sentamos Erika, Antonio, su novio Raúl, don Ramiro y yo a platicar, nos daba mucha risa como a pesar de ser una ciudad tan grande y con tantos habitantes, pareciera que todos nos conocemos entre nosotros.


Don Ramiro nos invitó un café, que me hacía muy buena falta como digestivo, mientras los demás empezaban a pedir para cenar. Obviamente les platiqué que justo me encontraba ahí cenando con mis amigos así que no tenía hambre… pero no puedo evitar la gula y menos cuando se trata de algo tan delicioso como las chalupas de don Ramiro, así que pedí una orden más. Todos nos soltamos la carcajada cuando vimos la cara de Diana abrir los ojos como platos y después de explicarles todo lo que ya había cenado, incluyendo el gansito.


Es este tipo de momentos, estas tardes en la ciudad, que hacen que uno se sienta feliz de tener amigos.



Por Eduardo Galindo

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